marzo 29, 2010 at 11:01 pm (Frases, Luna nueva.)

El principe no iba a regresar para despertarme de mi letargo mágico con un beso, al fin y al cabo tampoco yo era una princesa [Bella]

De qué manera te puedo explicar esto para que me creas? No estas dormida, ni muerta. Estoy aquí y te quiero. Siempre te he querido y siempre te querré . [Edward a Bella]

No necesito el cielo si tu no puedes ir a él [Bella a Edward]

‘Será como si nunca hubiera existido’ Aquella fue una promesa que él no podría mantener, una promesa que se rompió tan pronto como la hizo.

El amor concede a los demás el poder para destruirte. A mi me habían roto más allá de toda esperanza (Bella)

Es sólo esto: sé lo infeliz que eres y que tal vez esto no te ayude en nada, pero quiero que sepas que siempre estaré aquí. No voy a dejarte caer, te prometo que siempre podrás contar conmigo. (Jake)

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ultimatum-capitulo 1

octubre 6, 2009 at 3:43 pm (Eclipse.) (, , , )

ULTIMÁTUM

BellaNo se por que haces que Charlie le lleve notitas a Billy como si estuviésemos en segundo de primariaSi quisiera hablar contigo contestaría alFuiste tú quien eligió, ok?No puedes tener las dos cosas cuando¿Qué parte de “enemigos mortales” es demasiado difícil para que tuMira, se que estoy siendo un idiota, pero no hay forma deNo podemos ser amigos si pasas todo tu tiempo con un puñado deSolo lo empeora todo cuando pienso en ti demasiado, así que no vuelvas a escribirmeSí, yo también te echo de menos. Mucho. Pero eso no cambia nada. Lo siento.Jacob.

Pasé mis dedos sobre el papel sintiendo las marcas allá donde él había presionado el bolígrafo con tanta fuerza que casi lo había atravesado. Podía imaginármelo escribiendo, garabateando cada letra furiosamente en su ruda escritura, tachando línea tras línea cuando las palabras no eran las adecuadas, quizás incluso partiendo el boli con su mano demasiado grande; eso explicaría las manchas de tinta. Podía imaginar como la frustración hacia que juntase sus cejas y arrugase la frente. Si hubiese estado ahí, me habría reído. No te provoques una hemorragia cerebral, le habría dicho, Solo suéltalo.Reírme era lo último que me apetecía hacer mientras releía las palabras que ya había memorizado. Su respuesta a mi suplicante nota, que había pasado de Charlie a Billy y de éste a él, igual que en segundo de primaria, como él había puntualizado, no era ninguna sorpresa. Sabía la esencia de su contenido antes de abrirla.Lo sorprendente era cuanto me hería cada línea tachada como si las puntas de cada letra tuviesen bordes cortantes. Más que eso, detrás de cada furioso principio acechaba una basta piscina de dolor; el dolor de Jacob me cortaba más profundamente que el mío propio.Mientras reflexionaba sobre esto, noté el inconfundible olor del humo cuando se quema algo que venia desde la cocina. En cualquier otra casa, el hecho de que alguien que no fuese yo cocinara no seria causa de pánico.Doblé el papel arrugado en mi bolsillo trasero y corrí. Llegué abajo justo a tiempo.El bote de salsa de espaguetis que Charlie había metido en el microondas estaba solo dando su primera vuelta cuando abrí la puerta y la saqué.“¿Qué hice mal?” exigió Charlie.“Se supone que tienes que quitar la tapa primero, papá. El metal es malo para los microondas.” Quité la tapa rápidamente mientras hablaba, puse la mitad de la salsa en un bol, luego metí el bol en el microondas y el bote de vuelta al frigorífico; ajusté el tiempo y le di al botón.Charlie observó mis ajustes con los labios fruncidos.“¿Hice los espaguetis bien?”Miré en la sartén sobre la cocina, la fuente del olor que me había alertado. “Remover ayuda”, dije con suavidad. Encontré una cuchara e intenté despegar la masa blanda que estaba escaldada al fondo.Charlie suspiró.“¿De que va todo esto?” le pregunté.Él cruzó los brazos a la altura de su pecho y miró por las ventanas hacia la cortina de lluvia.“No se de que me hablas.” Gruñó.Estaba desconcertada. ¿Charlie cocinando? ¿Y a que venia esa actitud arisca? Edward aun no había llegado; normalmente mi padre guardaba este tipo de comportamiento para mi novio, haciendo lo mejor para ilustrar la frase “no ser bien recibido” con cada palabra y postura. Los esfuerzos de Charlie eran innecesarios por que Edward sabía exactamente lo que mi padre pensaba sin necesidad de una demostración. La palabra “novio” me tenía mordiéndome la parte interior de la mejilla con una tensión familiar mientras removía. No era la palabra adecuada. Necesitaba algo que expresase mejor el compromiso eterno. Pero palabras como destino o predestinado sonaban sentimentales cuando las utilizabas en una conversación normal.Edward tenía otra palabra en mente, y esa palabra era la fuente de la tensión que yo sentía. Me ponía de los nervios con solo pensarlo.Prometida. Ugh. Me estremecí con el pensamiento.“¿Me he perdido algo? ¿Desde cuando haces la cena?” le pregunté a Charlie. El pedazo de pasta se balanceaba en el agua hirviendo mientras yo le daba golpecitos. “O debería decir intentas hacer la cena.”Charlie se encogió de hombros. “No hay ninguna ley que diga que no puedo cocinar en mi propia casa.”“Si la hubiera lo sabrías”Respondí riendo mientras le echaba un vistazo a la placa prendida en su chaqueta de piel.“Ja. Muy buena.” Se quitó la chaqueta como si mi mirada le hubiese recordado que aún la llevaba puesta, y la colgó en la percha reservada para su uniforme. El cinturón de su arma ya estaba colgado en su lugar, no había tenido necesidad de llevárselo a la comisaría durante las últimas semanas. No se habían producido más desapariciones que preocupasen a la pequeña ciudad de Forks, Washington, ni más avistamientos de gigantescos lobos misteriosos en el siempre lluvioso bosque.Pinché los espaguetis en silencio, suponiendo que Charlie se decidiría a hablar sobre lo que le preocupaba a su tiempo. Mi padre no era un hombre de muchas palabras, y el esfuerzo que había puesto en orquestar una cena conmigo me dejó claro que había un número inusitado de palabras en su mente.Le eché un vistazo rutinario al reloj, algo que hacia cada pocos minutos cuando llegaba esta hora. Quedaba menos de media hora ya.Las tardes eran la parte más dura de mi día. Desde que mi ex – mejor amigo (y hombre lobo) Jacob Black, se había chivado de que yo había estado montando en moto a hurtadillas, una traición que él había ideado para que me castigasen y que no pudiese pasar tiempo con mi novio (y vampiro) Edward Cullen; a Edward solo se le permitía venir a verme de 7 a 9:30 de la tarde, siempre dentro de los confines de mi casa y bajo la supervisión de la infalible y malhumorada mirada de mi padre.Éste era un aumento del anterior, aunque ligeramente menos severo, castigo que me había ganado por una desaparición de tres días sin explicaciones y por saltar desde un acantilado.Por supuesto, yo seguía viendo a Edward en clase, por que no había nada que Charlie pudiese hacer al respecto. Y además, Edward pasaba casi cada noche en mi habitación también, pero Charlie no estaba precisamente informado de ello. La habilidad de Edward para trepar fácil y silenciosamente hasta mi ventana del segundo piso era casi tan útil como su habilidad para leer la mente de Charlie.Aunque la tarde era el único momento que pasaba lejos de Edward era suficiente para impacientarme, y las horas siempre pasaban muy lentamente. Aun así, soportaba mi castigo sin quejarme por que, primero, sabia que me lo merecía, y segundo, por que sabía que no soportaría herir a mi padre mudándome ahora, cuando una separación mucho más permanente, invisible para Charlie, paneaba en el horizonte.Mi padre se sentó a la maesa con un gruñido y desplegó el húmedo periódico; en pocos segundos estaba chasqueando la lengua en desaprobación.“No se por que lees el periódico papá. Solo te pone de mal humor.”Él me ignoró, refunfuñando frente al papel que tenia entre las manos. “Por esto todo el mundo quiere vivir en una ciudad pequeña. Es ridículo!”“¿Qué han hecho mal las grandes ciudades ahora?”“Seattle se esta preparando para ser la capital del crimen del país. Cinco homicidios sin resolver en las últimas dos semanas. ¿Te imaginas vivir así?”“Creo que Phoenix esta aún más arriba en la lista de homicidios, papá. Yo he vivido así.” Y nunca había estado tan cerca de convertirme en victima de asesinato hasta que me mudé a esta pequeña ciudad segura. De hecho, aun seguía en algunas listas. La cuchara se sacudió en mi mano haciendo temblar el agua.“Bueno, no podrías pagarme lo suficiente” (* se refiere a q ni pagándole se iría a vivir a una ciudad grande)Me rendí en mi intento por salvar la cena y decidí servirla; tuve que utilizar un cuchillo para cortar una poción de espaguetis para Charlie y otra para mí, mientras él observaba con la mirada avergonzada. Charlie cubrió su parte con salsa y empezó a tragar. Yo disfracé mi porción tan bien como pude y seguí su ejemplo sin demasiado entusiasmo. Comimos en silencio por un momento. Charlie estaba aún echándole un vistazo a las noticias, así que cogí mi desgastada copia de Cumbres Borrascosas de dónde la había dejado esa mañana en el desayuno, e intenté perderme en la Inglaterra de finales de siglo mientras esperaba a que Charlie hablase.Estaba justo en la parte en que Heathcliff regresa cuando Charlie aclaró su garganta y lanzó el periódico al suelo.“Estas en lo cierto.” Dijo Charlie. “Sí que tenia una razón para hacer esto.” Él balanceó su tenedor sobre la pasta pegajosa. “Quería hablar contigo.”Dejé el libro a un lado; la encuadernación estaba tan desgastada que cayó plano sobre la mesa. “Podrías haber preguntado simplemente.”El asintió, juntando sus cejas. “Sí, lo recordaré para la próxima vez. Creía que haciendo la cena por ti te ablandaría un poco.”Me reí. “ha funcionado, tu forma de cocinar me tiene tan blanda como una nube*. ¿Qué necesitas papá?”“Bueno, se trata de Jacob.”Sentí como mi rostro se endurecía. “¿Qué pasa con él?” dije con los labios apretados.“Tranquila, Bells. Se que aún estas enfadada por que te delató, pero era lo correcto. Él solo estaba siendo responsable.”“Responsable.” Repetí mordazmente poniendo los ojos en blanco. “De acuerdo. ¿Y que pasa con Jacob?”La indiferente pregunta se repitió en mi cabeza, siendo de todo menos trivial. ¿Qué pasa con Jacob? ¿Qué iba a hacer con él? El que era mi mejor amigo era ahora ¿qué? ¿Mi enemigo? Me estremecí.La expresión de Charlie se había vuelto cauta. “No te enfades conmigo, vale?”“¿Enfadarme?”“Bueno, es que se trata de Edward también.”Entrecerré los ojos.La voz de Charlie se volvió áspera. “Le dejo entrar en casa, no?”“Sí” admití. “Por breves periodos de tiempo. Por supuesto, también me dejas salir de casa por breves periodos de tiempo, también.” Continué bromeando, sabia que iba a estar bajo llave durante el resto del curso. “Me he portado bastante bien últimamente.”“Bueno, ahí es a donde quería ir yo a parar con todo esto.” Y entonces el rostro de Charlie se alargó en una inesperada sonrisa; por un segundo pareció 20 años más joven.Vi una tenue posibilidad en aquella sonrisa, pero procedí con cautela. “Estoy confusa, papá. ¿Estamos hablando de Jacob, de Edward o de mi castigo?”La sonrisa apareció de nuevo. “Más o menos de los tres.”“¿Y en que se relacionan?” pregunté, cauta.“Ok” suspiró alzando los brazos y rindiéndose. “Estoy pensando que quizás te mereces la libertad condicional por buena conducta. Para ser una adolescente, sorprendentemente no eres nada quejica.”Mi voz y mis cejas se elevaron. “¿En serio? ¿Soy libre?”¿De donde venia esto? Estaba segura de que iba a estar bajo arresto domiciliario hasta que decidiera mudarme, y Edward no había descubierto ningún cambio en los pensamientos de Charlie.Charlie levantó un dedo. “Con condiciones.”El entusiasmo se desvaneció. “Fantástico.” Gemí.“Bella, esto es más una petición que una orden , ok? Estas libre. Pero espero que uses esa libertad razonablemente.”“¿Y eso que significa?”Suspiró de nuevo. “Se que estas a gusto pasando todo tu tiempo con Edward…”“Paso tiempo con Alice también.” Interrumpí. La hermana de Edward no tenia horario de visitas; ella venia y se iba cuando quería. Charlie era plastelina en sus capaces manos.“Es cierto,” dijo. “Pero tienes otros amigos a parte de los Cullen, Bella. O al menos solías tenerlos.”Nos miramos el uno al otro por un largo instante.“¿Cuándo fue la ultima vez que hablaste con Ángela Webber?” me espetó.“El viernes en el almuerzo.” Respondí inmediatamente.Antes de que Edward regresara, mis amigos de clase se habían dividido en dos grupos. Me gustaba pensar en ellos como buenos vs malos. Nosotros y ellos también me servían. Los buenos eran Ángela, su novio formal Ben Cheney, y Mike Newton; estos tres habían sido muy generosos perdonándome por haberme vuelto loca cuando Edward se marchó. Lauren Mallory era el núcleo maligno del grupo de los otros, y casi todo el mundo que quedaba, incluida mi primera amiga en Forks, Jessica Stanley, parecía feliz siguiendo su agenda anti-Bella.Con Edward de vuelta al instituto, la línea divisoria se había vuelto mucho más nítida. El regreso de Edward se había cobrado su precio en la amistad de Mike, pero Ángela era inquebrantablemente leal, y Ben la seguía. A pesar de la aversión natural que la mayoría de los humanos sentía hacia los Cullen, Ángela se sentaba obedientemente junto a Alice cada día a la hora del almuerzo. Después de unas semanas, Ángela incluso parecía a gusto allí. Era difícil no dejarse hechizar por los Cullen una vez les dabas la oportunidad de ser encantadores.“¿Y fuera de clase?” preguntó Charlie, llamando mi atención de nuevo.“No he visto a nadie fuera de clase, papá. Castigada, recuerdas? Y Ángela tiene novio también. Siempre está con Ben. Si estoy realmente libre “ dije poniendo énfasis en el escepticismo. “ tal vez podríamos quedar los cuatro.”“De acuerdo pero” dudó.”Jake y tu solíais estar muy unidos y ahora…”Le corté. “¿puedes ir al grano, papá? ¿Cuál es exactamente tu condición?”“Creo que no deberías abandonar al resto de tus amigos por tu novio, Bella,” dijo con voz severa. “no esta bien, y creo que tu vida estaría más equilibrada si mantuvieses a otra gente en ella. Lo que ocurrió el pasados septiembre…”Yo retrocedí.“Bueno,” dijo a la defensiva. “Si tuvieses más vida fuera de Edward Cullen puede que no hubiese sido así.”“Habría sido exactamente igual.” Murmuré.“Quizás, o quizás no.”“Al grano?” le recordé.“Utiliza tu nueva libertad para ver también a tus otros amigos. Mantén un equilibrio.”Asentí despacio. “El equilibrio esta bien. ¿Tengo horarios específicos que cumplir?”Él hizo una mueca, pero negó con la cabeza. “No quiero hacer esto complicado. Simplemente no olvides a tus amigos, y a Jacob en particular.”Me llevó un instante encontrar las palabras adecuadas. “Jacob va a ser difícil.”“Los Black son prácticamente de la familia, Bella.” Dijo severo y paternal de nuevo. “y Jacob ha sido un buen amigo para ti.”“Ya lo se.”“¿Es que no le echas de menos?” preguntó Charlie frustrado.De repente sentí un nudo en al garganta. Tuve que aclararla dos veces antes de responder. “Sí, le hecho de menos.” Admití, sin alzar la mirada. “le echo mucho de menos.”“¿Entonces por que es tan difícil?”No era algo que yo fuese libre de explicar. Iba en contra de las normas que la gente normal, humanos como yo y Charlie, supiesen del mundo clandestino lleno de mitos y monstruos que existía secretamente a nuestro alrededor. Yo lo sabía todo sobre ese mundo y estaba metida en un montón de problemas como resultado. No iba a meter a Charlie en el mismo lío.“Con Jacob hay un conflicto,” dije. “Un conflicto sobre la amistad, quiero decir. La amistad no parece ser siempre bastante para Jake.” Deje mi excusa libre de detalles que eran ciertos pero insignificantes, apenas cruciales comparados con que la manada de hombres lobo de Jacob odiaban a la familia de vampiros de Edward y por extensión también a mi, ya que pretendía unirme a esa familia. No era algo que yo pudiese solucionar escribiéndole una nota, y él se negaba a responder a mis llamadas. Pero mi plan de arreglar las cosas con el hombre lobo en persona no agradaba del todo a los vampiros.“¿No esta Edward dispuesto a tener un poco de sana competencia?” la voz de Charlie estaba llena de sarcasmo.Le lancé una mirada oscura. ¬¬ “No hay competencia.”“Estas hiriendo los sentimientos de Jake evitándole así. Él preferiría ser solo un amigo antes que no ser nada.”Ah, ¿ahora era yo la que le evitaba?“Estoy segura de que Jake no tiene ningún interés en seguir siendo mi amigo.” Las palabras quemaban en mi lengua. “¿De donde has sacado esa idea, de todas formas?”Charlie parecía avergonzado. “Puede que el tema haya salido hoy a relucir en casa de Billy.”“Billy y tu cotilleáis como marujas,” me quejé ensañándome en clavar mi tenedor en los espaguetis coagulados en mi plato.“Billy esta preocupado por Jacob,” dijo Charlie. “Jake esta pasando una mala racha, esta deprimido.”Hice un gesto de o pero mantuve los ojos fijos en el plato.“Y tu siempre estabas tan feliz después de pasar el día con Jake.” Suspiró Charlie.“Soy muy feliz ahora.” Gruñí entre dientes.El contraste entre mis palabras y el tono rompió la tensión. Charlie se echó a reír, y yo tuve que imitarle.“Ok, ok,” admití. “Equilibrio.”“Y Jacob” insistió.“Lo intentaré.”“Muy bien. Encuentra ese equilibrio Bella. Y, ah sí, tienes correo.” Dijo Charlie cerrando el tema sin hacer ningún intento por ser sutil. “Esta junto a la cocina.”No me moví, mis pensamientos seguían retorciéndose en gruñidos alrededor del nombre de Jacob. Seguro que seria correo basura; había recibido un paquete de mi madre el día anterior y no esperaba recibir nada más. Charlie arrastró su silla alejándola de la mesa y se desperezó mientras se levantaba. Llevó su plato al fregadero, pero antes de abrir el grifo para enjuagarlo, se detuvo para lanzarme un sobre grueso.“Er, gracias.” Murmuré, inquieta por su insistencia. Entonces vi el remite: la carta era de la Universidad Alaska Southeast. “Vaya, se han dado prisa. Supongo que también llegué tarde en esta también.”Charlie se rió para sí.Le di la vuelta al sobre y le miré.“Esta abierto.”“Tenia curiosidad.”“Estoy en shock sheriff, eso es un delito federal.”“Oh, solo léela.”Saqué la carta y unos programas de cursos.“Felicidades.” Dijo antes de que yo pudiera leer nada. “Tu primera admisión.”“Gracias, papá.”“Deberíamos hablar sobre la matricula, tengo algo de dinero ahorrado.”“Hey, hey, nada de eso. No voy a tocar tu fondo de pensiones, papá. Tengo mi propio fondo para la universidad.” Lo que quedaba de él, y tampoco había estado demasiado lleno en un principio.Charlie frunció el ceño. “Algunos de estos sitios son muy caros, Bells. Quiero ayudar. No tienes que irte hasta Alaska solo por que sea más barato.”No era barato, al menos no del todo. Pero estaba lejos y Juneau tenía una media de 321 días nublados al año. Lo primero era mi prerrequisito, el segundo era de Edward.“Lo tengo cubierto. De todas formas, hay un montón de becas por ahí. Es fácil conseguir un préstamo.” Esperaba que mi fanfarronada no fuese demasiado obvia. En realidad no había buscado demasiada información sobre el tema.“Así que…” Empezó Charlie, y entonces apretó los labios y apartó la mirada.“¿Así que qué?”“Nada, yo solo…” frunció el ceño. “Solo me preguntaba cuales son los planes de Edward para el próximo año.”“Oh.”“Y bien?”Tres rápidos golpes en la puerta me salvaron. Charlie puso los ojos en blanco y yo me levanté de un salto.“Ya voy!” dije mientras Charlie murmuraba algo que sonaba como “Lárgate.” Le ignoré y fui a dejar entrar a Edward.Abrí la puerta de un tirón, ridículamente ansiosa, y ahí estaba él, mi milagro personal.El tiempo no me había vuelto inmune ala perfección de su rostro, y estaba segura de que nunca iba a acostumbrarme. Mis ojos trazaron sus pálidas facciones: el duro ángulo de su mandíbula, la suave curva de sus labios que ahora formaban una sonrisa, la línea recta de su nariz, el ángulo pronunciado de sus pómulos, el suave espacio marmóreo de su frente, parcialmente ensombrecido por una maraña de pelo dorado oscurecido por la lluvia. Guardé sus ojos para el final, sabiendo que cuando le mirase a los ojos iba a perder el hilo de mis pensamientos. Eran grandes, cálidos con oro líquido, y enmarcados por una gruesa línea de negras pestañas. Mirarle a los ojos siempre me hacia sentir como si mis huesos se convirtiesen en esponja. Estaba también algo mareada, pero eso podría ser causado por que se me había olvidado segur respirando.Otra vez.Era un rostro por el que cualquier modelo del mundo habría vendido su alma. Por supuesto, puede que ese fuese exactamente el precio: un alma.No. No creía eso. Me sentía culpable por haberlo pensado siquiera, y me alegraba, como lo hacia a menudo, ser la única persona cuyos pensamientos eran un misterio para Edward.Busqué su mano, y suspiré cuando sus fríos dedos encontraron los míos. Su tacto me trajo la sensación más extraña de alivio, como si hubiese estado herida y el dolor hubiera cesado de repente.“Hey” sonreí ante mi alterada bienvenida.Él levantó nuestras manos entrelazadas para rozar mi mejilla con el reverso de su mano. “¿Qué tal ha ido la tarde?”“Lenta.”“Para mi también.”Se llevó mi muñeca a su rostro, con nuestras manos aún unidas. Sus ojos se cerraron mientras su nariz pasaba casi rozando la piel, y sonrió sin abrirlos. Disfrutando del bouquet, pero resistiéndose a probar el vino, como me explicó una vez.Sabia que la esencia de mi sangre, más dulce para él que la de cualquier otra persona – realmente como vino comparado con agua para un alcohólico – le causaba dolor por la ardiente sed que engendraba. Pero no parecía temerlo como en un principio. Apenas si podía imaginar el esfuerzo que le suponía ese simple gesto.Me entristeció que él tuviese que esforzarse tanto, pero me consolaba a mi misma con el conocimiento de que no iba a causarle dolor durante mucho más tiempo.Escuché a Charlie acercarse entonces, dando sonoras pisadas para expresar su habitual desagrado por nuestro invitado. Los ojos de Edward se abrieron y dejó caer nuestras manos, manteniéndolas unidas.“Buenas tardes Charlie.” Edward era siempre impecablemente educado, aunque Charlie no se lo merecía. Charlie se limitó a gruñirle y se quedó allí de pie con los brazos cruzados. Últimamente estaba llevando la idea de ‘control parental’ hasta últimos extremos.“He traído más solicitudes.” Me dijo Edward entonces, sosteniendo un sobre de papel de manila. Llevaba un rollo de sellos como un anillo alrededor del meñique.Gemí. ¿Cómo podían quedar aun universidades en las que aun no me hubiese obligado a solicitar plaza? ¿Y cómo podía segur encontrando esas prórrogas en la admisión de solicitudes? Era ya muy tarde.Él sonrió como si pudiese leer mis pensamientos; seguro que habían sido totalmente obvios en mi rostro.“Todavía quedan algunos plazos abiertos. Y unos cuantos sitios dispuestos a hacer una excepción.”Podía imaginarme los motivos tras esas excepciones. Y la cantidad de dólares implicados. Edward se rió ante mi expresión.“¿Vamos?” dijo guiándome hasta la mesa de la cocina.Charlie nos siguió enfurruñado, aunque no podía quejarse de la actividad en la agenda de hoy. Había estado presionándome para que tomase una decisión con respecto a la universidad casi a diario. Limpié la mesa rápidamente mientras Edward organizaba una intimidante pila de formularios. Cuando llevé Cumbres Borrascosas a la encimera, Edward levantó una ceja. Sabía lo que él estaba pensando, pero Charlie nos interrumpió antes de que Edward pudiese hacer ningún comentario.“Hablando de solicitudes, Edward,” dijo Charlie, su tono más hosco aún – intentaba evitar dirigirse a Edward directamente, y cuando tenia que hacerlo, eso exacerbaba su mal humor. “Bella y yo estábamos hablando sobre el próximo año. ¿Has decidido ya donde vas a estudiar?”Edward sonrió a Charlie y su voz era amigable. “Aún no. He recibido unas cuantas admisiones, pero aun estoy sopesando mis opciones.”“¿Dónde has sido aceptado?” le apremió Charlie.“Syracusa, Harvard, Dartmouth y hoy acabo de ser aceptado en la universidad de Alaska Southeast.”Edward volvió ligeramente el rostro para poder guiñarme un ojo. Yo reprimí una risita.“¿Harvard, Dartmouth?” Murmuró Charlie, incapaz de ocultar su asombro. “Vaya, eso es muy interesante. Sí, pero la universidad de Alaska, ni siquiera la considerarás pudiendo estar en la gran liga. Quiero decir, seguro que es lo que tu padre quiere.”“Carlisle siempre esta de acuerdo con lo que yo elija.” Le dijo Edward serenamente.“Hmph.”“¿Sabes qué, Edward?” pregunté siguiendo la corriente.“¿Qué, Bella?”Señalé el grueso sobre en la encimera. “Acabo de recibir mi carta de admisión para la universidad de Alaska!”“Felicidades!” Me sonrió. “Vaya coincidencia.”Charlie entrecerró los ojos y nos miró a uno y a otro. “Bien.” Murmuró tras un minuto. “Voy a ver el partido. Bella, 9 y media.”“Er, papá? ¿Recuerdas nuestra reciente discusión sobre mi libertad?”Él suspiró. “Esta bien. De acuerdo, diez y media. Todavía tienes un toque de queda las noches de colegio.”“¿Bella ya no está castigada?” Preguntó Edward. Aunque sabia que él no estaba realmente sorprendido, no pude detectar ninguna nota falsa en la repentina emoción de su voz.“Condicionalmente.” Le corrigió Charlie entre dientes. “¿Y a ti que te importa?”Le fruncí el ceño a mi padre, pero no lo vio.“Es bueno saberlo.” Dijo Edward. “Alice se ha estado muriendo por una compañera para ir de compras, y estoy seguro de que a Bella le encantaría volver a ver la luz de la ciudad.” Me sonrió.Pero Charlie gruñó, “No!” y su rostro se volvió púrpura.“Papá! ¿Cuál es el problema?”Hizo un esfuerzo para aflojar la presión de sus dientes. “No quiero que vayas a Seattle por ahora.”“Huh?”“Ya te hablé de esa historia en el periódico, hay algún tipo de banda cometiendo matanzas en Seattle y no quiero que te acerques, de acuerdo?”Puse los ojos en blanco. “Papá, tengo más posibilidades de que me caiga un rayo que de que me ocurra algo de eso estando un día en Seattle.”“No, eso esta bien, Charlie.” Dijo Edward, interrumpiéndome. “No me refería a Seattle. En realidad estaba pensando en Pórtland. Yo tampoco llevaría a Bella a Seattle. Por supuesto que no.”Le miré incrédula, pero tenia el periódico de Charlie en sus manos y leía la portada atentamente.Seguro que había estado intentando aplacar a mi padre. La idea de estar en peligro ni siquiera a causa del más mortífero de los humanos mientras estaba con Alice o con Edward era totalmente cómica.Funcionó. Charlie miró a Edward un segundo más, y luego se encogió de hombros. “De acuerdo.”
Él ahora acechó apagado hacia el cuarto de estar, con un poco de prisa – quizá él no deseó dar el golpecito. (se refiere a Charlie)Esperé hasta que la TV estuviera encendida, de modo que Charlie no pudiera oírme.”¿Qué?” -, pregunté.”Sostén esto”. Dijo Edward sin mirar arriba del papel. Sus ojos permanecían centrados en la página mientras que empujaba la primera hoja hacia mí a través de la mesa. “Pienso que puedes ahorrarte tus esfuerzos para éste. Las mismas preguntas”Charlie debe estar escuchando todavía. Suspiré y comencé a completar la información repetida: el nombre, la dirección, la razón social… Después de algunos minutos eché un vistazo para arriba, pero Edward ahora miraba fijamente pensativo fuera de la ventana. Y doblando mi cabeza de nuevo a mi trabajo, anoté por primera vez el nombre de la escuela.Resoplé y empujé los papeles a un lado.”¿Bella?”
Sé serio, Edward. Dartmouth?
Edward levantó la hoja desechada y la puso con cuidado delante de mí otra vez. ” Pienso que te gustaría New Hampshire “, dijo él. ” Hay un complemento lleno de cursos de la noche para mí, y los bosques muy convenientemente son localizados para cazar ávidamente. Fauna abundante.”Él sacó la risa torcida a la cualél sabía que yo no podía resistirme.
Suspiré por mi nariz.
” Te dejaré devolvérmelo si eso te hace feliz, ” prometió él. ” Si quieres, puedo cobrarte lo que te interesa. ”
” Como podría entrar sin algún enorme soborno. ¿O era aquello parte del préstamo? ¿La nueva protegida Cullen de la biblioteca? Puf. ¿Por qué tenemos esta discusión otra vez?
¿Quieres llenar la hoja, por favor, Bella? No te hará daño.”
Mi mandíbula doblada. “¿Sabes qué? ” No pienso que vaya a hacerlo ”
Alcancé los papeles, planificando arrugarlos en una forma conveniente para lanzar a la basura, pero se habían ido. Miré fijamente la mesa vacía durante un momento, y luego a Edward. Él no parecía haberse movido, pero probablemente se metió la hoja en la chaqueta.
¿”Qué estás haciendo? ” Exigí.
“Firmo tu nombre mejor que tú. Tú ya has escrito los ensayos. ”
” Irás derechito al agua con esto, ya sabes ” Susurré por si acaso Charlie no hubiera perdido en su juego. ” Realmente no tengo que aplicarme en otra parte. He sido aceptado en Alaska. Casi puedo permitirme la matrícula del primer semestre. Esto es una coartada tan buena como cualquiera. No hay ninguna necesidad de tirar un manojo de dinero, no importa de quien sea. ”
Un afligida mirada en su cara. “Bella .. ”
“No empieces. Estoy de acuerdo en que tengo que examinar los movimientos para el bien de Charlie, pero sabemos que no voy a estar en condiciones de ir a la escuela el próximo otoño. Estar donde haya gente cerca.”
Mi conocimiento de esos años primeros como nuevo vampiro era incompleto. Edward nunca había entrado en detalles – no era su tema favorito-pero yo sabía que no era bastante. El autodominio era al parecer una habilidad adquirida. Cualquier cosa más que escuela de correspondencia era inadmisible.
“Yo pensé que la sincronización seguía siendo indecisa”, Edward me recordó suavemente. “Puede ser que goces de un semestre o de dos del colegio. Hay muchas de las experiencias del ser humano que nunca había tenido.”
“Las conseguiré luego.”
No serán experiencias humanas luego. No consigues una segunda oportunidad en la vida, Bella.”
Yo suspiré. “Tienes que ser razonable sobre la sincronización, Edward. Es demasiado peligroso continuar con ello a tu alrededor.”
“No hay ningún peligro todavía.”, él insistió.
Me quedé deslumbrada ante él. ¿Ningún peligro? Seguro.
Yo solo tenía un vampiro sádico intentando vengar la muerte de su hermana con la mía, preferiblemente con un cierto método lento y tortuoso. ¿Quién estaba preocupado por Victoria? Y, oh sí, los Vulturi – la familia real vampiro con su pequeño ejército de guerreros vampiros que me provocarían la parada del corazón u otra cosa en un futuro próximo, porque a los seres humanos no se les permitía conocer su existencia. Bien. Ninguna razón para el pánico.
Incluso con Alicia vigilando – Edward confiaba en sus visiones misteriosas exactas del futuro para darnos advertencias anticipadas -era insano dejarlo a la suerte.
Además, yo ya había ganado este argumento. La fecha para mi transformación provisionalmente fue puesta para un poco después de mi graduación del instituto, sólo un puñado de semanas después.
Una sacudida aguda de inquietud perforó mi estómago como al comprender cuan corto era el tiempo realmente. Desde luego este cambio era necesario – y la llave a lo que quise más que todo lo demás en el mundo reunido – pero yo estaba profundamente consciente de Charlie que se sienta en otro cuarto y que disfruta de su juego, justo como cada noche. Y mi madre Renee, a lo lejos en Florida soleada, todavía suplicando por mí para pasar el verano en la playa con ella y su nuevo marido. Y Jacob, que, a diferencia de mis padres, sabría exactamente que continuaba cuando yo desapareciera en alguna escuela distante. Incluso si mis padres no sospecharan durante mucho tiempo, incluso si yo pudiera rechazar visitas con excusas sobre gastos de viaje o estudiar o enfermedades, Jacob sabría la verdad.
Durante un momento, la idea de la cierta repulsión de Jacob ensombreció cualquier otro dolor.
“Bella, ” murmuró Edward, y torció su cara cuando él leyó la angustia en la mía.
“No hay ninguna prisa. No dejaré a nadie hacerte daño. Puedes tomar todo el tiempo que necesites.”
” Quiero apresurarme, ” susurré, riendo débilmente, tratando de hacer una broma de ello. ” Quiero ser un monstruo, también. ”
Sus dientes apretados hablaron por él. “No tienes ni idea de lo que dices. ”
Bruscamente, él arrojó el periódico húmedo en la mesa en medio nosotros. Su dedo apuñaló el titular de la primera página:
LA POLICÍA TIENE MIEDO DEBIDO A LA SUBIDA DEL ÍNDICE DE CRIMINALIDAD DE LAS BANDAS
“¿Qué tiene que ver esto? ”
“Los monstruos no son una broma, Bella. ”
Miré fijamente en el titular otra vez, y luego hasta su expresión dura. ¿” A. .. un vampiro hace esto? ” Susurré.
Él rió sin humor. Su voz era baja y fría. ” Te sorprenderías, Bella, en como a menudo mi clase es la fuente detrás de los horrores en vuestras noticias humanas. Es fácil de reconocer, cuando sabes qué buscar. La información aquí indica que un vampiro recién nacido está suelto en Seattle. Sanguinario, salvaje, fuera de control. El camino donde todos estábamos.
Dejé mi mirada fija caerse al periódico otra vez, evitando sus ojos.
“Hemos estado supervisando la situación durante unas semanas. Todos los signos están allí – las desapariciones improbables, siempre por la noche, la insuficientemente disposición de cadáveres, la carencia de otras pruebas… Sí, alguien nuevo. Y nadie parece tomar responsabilidad para el neófito… “Él suspiró. ” Bien, esto no es nuestro problema. Nosotros aún no prestaríamos la atención a la situación si no continuara así cerca de la casa. Como dije, esto pasa todo el tiempo. La existencia de monstruos causa consecuencias monstruosas.
Traté de no ver los nombres en la página, pero ellos saltaron del resto de la impresión tal como estaban, destacando. Las cinco personas cuyas vidas se habían terminado, cuyas familias se afligían ahora. Era diferente considerar el asesinato en abstracto, leyendo aquellos nombres. Maureen Gardiner, Geoffrey Campbell, Grace Razi, Michelle O’Connell, Ronald Albrook. La gente que había tenido padres y niños y amigos y animales domésticos y empleos y esperanzas y proyectos y memorias y futuro…
“Si no fuera lo mismo para mí, susurré, la mitad de mí. ” Tú no me dejarás parecerme a esto. Viviremos en la Antártica. ”
Edward resopló, rompiendo la tensión. “Pingüinos. Encantador. ”
Me reí con una risa inestable y golpeé el periódico de la mesa que no podía ver aquellos nombres; esto golpeó el linóleo con un ruido sordo. Desde luego Edward consideraría las posibilidades que buscan. Él y su familia “vegetariana” – todo comprometido a la protección de la vida humana – prefirieron el sabor a depredadores grandes para satisfacer sus necesidades dietéticas.
” Alaska, entonces, tal como fue previsto. Sólo en algún sitio mucho más remoto que Juneau – en algún sitio con osos pardos en abundancia. ”
“Mejor”, reconoció él. “Hay osos polares, también. Muy feroz. Y los lobos se hacen bastante grandes.”
Mi boca se abrió y mi aliento se apagó en una ráfaga aguda..
¿”Qué pasa “? preguntó él. Antes de que yo pudiera recuperarme, la confusión desapareció y su cuerpo entero pareció endurecerse. “Ah. No importan los lobos, entonces, si la idea es ofensiva para tí. “Su voz era tiesa, formal, sus hombros rígidos.
“Él era mi mejor amigo, Edward “, refunfuñé. Es retorcido utilizar el pasado. “Desde luego que la idea me ofende. ”
“Por favor perdona mi irreflexión “, dijo él, todavía muy formal. ” Yo no debería haber sugerido esto. ”
“No te preocupes por ello.”
“Miré fijamente en mis manos, apretadas en un doble puño sobre la mesa.”
Nosotros estábamos tan silenciosos durante un momento, que luego su dedo frío estaba bajo mi barbilla, zalamerías de mi boca arriba. Su expresión era mucho más suave ahora.
“Lo lamento. Realmente. ”
Lo sé. Sé que no es la misma cosa. Yo no debería haber reaccionado así. Es solamente que… bien, yo ya pensaba en Jacob antes de que tú viniera. “Vacilé.
Sus ojos rojizos parecieron hacerse un poquito más oscuros siempre que yo decía el nombre de Jacob. Mi voz girada suplicando en respuesta. “Charlie dice que Jake está pasando un mal momento. Él siente dolor ahora mismo, y… es por mi culpa.
“No has hecho nada malo, Bella. ”
Suspiré. “Tengo que hacerlo mejor, Edward. Le debo esto. Y esto es una de las condiciones de Charlie, de todos modos -”
Su cara cambiada mientras hablé, girando con fuerza otra vez, parecido a una estatua.
“Sabes que es inadmisible para tí estar alrededor de un hombre lobo sin protección, Bella. Y esto rompería el tratado si cualquiera de nosotros atravesase su tierra. ¿Quieres que empecemos una guerra? ”
“¡Por supuesto que no!”
“Entonces no hay realmente ninguna razón en la discusión más allá del asunto. ” Él dejó caer su mano y miró lejos, buscando un cambio sustancial. Sus ojos hicieron una pausa sobre algo detrás de mí, y él rió, aunque sus ojos se quedaran cautelosos.
“Me alegro que Charlie haya decidido soltarte – te ves tristemente en la necesidad de hacer una visita a la librería. No puedo creer que leas Cumbres borrascosas otra vez. ¿No lo sabes de memoria aún? ”
“No todas las memorias son fotográficas. “, dije de manera cortante.
Memoria fotográfica o no, no entiendo porqué te gusta. Los personajes son personas que arruinan la vida de los otros. No sé como Heathcliff y Cathy no acabaron como la pareja de Romeo y Julieta o Elisabeth Bennet y Mr. Darcy. No es una historia de amor, es una historia de odio.
Tienes serios problemas con los clásicos, respondí.
Quizá es porque no estoy impresionado con la antiguedad. Él sonrió, evidentemente satisfecho de distraerme. Honestamente, pienso, porqué lo lees una y otra vez?
Sus ojos era vividos con un real interés ahora, intentando –otra vez- de aclarar los pensamientos de mi mente. Se acercó alrededor de la mesa para acunar mi rostro en su mano. Qué es lo que te atrae?
Su curiosidad sincera me desarmó. “No estoy segura”, le dije, resolviendo la coherencia mientras su mirada fija inintencionada disipaba mis pensamientos. “Yo pienso que es algo sobre la inevitabilidad. Como nada puede apartarlos –ni el egoísmo, o sus demonios, o la muerte, al final…”
Su rostro estaba pensativo considerando mis palabras. Después de un momento él sonrió una sonrisa molesta. Yo pienso todavía que sería una historia mejor si hubiera entre ellos una redención de calidad.
“Pienso que esta debe ser la cuestión”, Yo discrepo. “Su amor es su única redención de calidad.”
“Espero que tengas un mejor sentido que esto –enamorarse de alguien tan…malévolo.”
Es un poco tarde para mí preocuparme sobre quien estoy enamorada, le dije sutilmente. Al margen del aviso, creo llevarlo bastante bien.
Él rió quietamente. “Estoy contento de que pienses así.”
“Bien, yo espero que tengas bastante sentido para estar fuera de alguien egoísta.
Catherine es realmente la fuente de todos los problemas, no Heathcliff.
“Estaré vigilando”, prometió.
Yo suspiré. Él era muy bueno con las distracciones
Pongo mi mano alrededor de él para que me mire. “Necesito ver a Jacob.”
Sus ojos se cerraron. “No.”
“No es realmente peligroso en absoluto”, le dije, argumentando de nuevo. “Yo estuve todo el día en La Push con todo un montón de ellos, y no pasó nada.”
Pero resbalé; mi voz vaciló al final porque sabía que estaba diciendo palabras que eran mentira. No era seguro que nada hubiera pasado. Un breve flash de memoria –un enorme lobo gris arrastrándose en el muelle, mostrandome sus dientes -mis manos temblaron con un eco de recuerdos de pánico.
Edward escuchó mi corazón acelerado y notó la mentira. “Los hombres lobo son inestables. A veces, las personas cerca de ellos pueden sufrir daño. A veces, ellos pueden matarles.”

Quise negar esto, pero otra imagen redujo la marcha de mi refutación. Yo vi en mi cabeza una vez la cara hermosa de Emily Young, ahora estropeada por un trío de cicatrices oscuras que arrastraron la esquina de su ojo derecho y dejaron su boca combada siempre en un ceño ladeado.
Él esperó, con gravedad triunfante, para que yo encontrara mi voz.
” No los conoces “, susurré.
” Los conozco mejor que tú, Bella. Yo estaba aquí la vez pasada. ”
¿” La vez pasada “?

“Comenzamos a cruzar caminos con los lobos hace aproximadamente setenta años… Nosotros acabábamos de colocarnos cerca de Hoquiam. Era antes de que Alice y Jaspe estuvieran con nosotros. Los excedimos en número, pero esto no se habría parado de ser una lucha de no ser por Carlisle. Él logró convencer a Ephraim Black que el coexistir era posible, y tarde o temprano hicimos la tregua. ”
El nombre del bisabuelo de Jacob me asustó.

” Pensamos que la línea había muerto con Ephraim “, Edward refunfuñó; sonó como si hablara consigo mismo ahora. ” Que el capricho genético que permitió a la transmutación hubiera sido perdido… “Él se desprendió y me miró fijamente acusándome. ” Tu mala suerte parece hacerse más potente cada día.
¿Comprendes que tu tirón insaciable para todas las cosas terriblemente mortales era bastante para recuperar un paquete de colmillos de mutante de la extinción? Si nosotros pudiéramos embotellar su suerte, nosotros tendríamos un arma de destrucción de masas sobre nuestras manos. ”
No hice caso de las bromas, mi atención estaba centrada en su suposición – iba en serio?
“Pero no los devolví. ¿No lo sabes?
¿” Saber qué? ”
Mi mala suerte no tiene nada que ver con eso. Los licántropos vinieron porque los vampiros lo hicieron.
Edward me miró, su cuerpo hizo el ademán de sorpresa.
Jacob me dijo que tu familia, estando aquí, pone las cosas en movimento. Pensé que ya sabrías…
Sus ojos se estrecharon…qué es lo que ellos piensan?

Edward, mira los hechos. Hace setenta años, tu estabas aquí, y los licántropos se asomaron. Has vuelto ahora, y los licántropos han vuelto de nuevo. Piensas que eso es una coincidencia?
Él parpadeó y se veía relajado. “Carlisle estará interesado en esta teoría.”
“Teoría”, me mofé.
Estuvo en silencio durante un momento, mirando fuera de la ventana como llovía; Imagino que contemplaba el hecho de que la presencia de su familia estaba atrayendo a los perros gigantes locales.
“Interesante, pero no exactamente relevante”, murmuró después de un momento. “La situación es la misma.
Yo podría traducir esto bastante fácilmente: ningún amigo licántropo.
Yo sabía que tenía que ser paciente con Edward. No era que el fuera irrazonable, era que él no lo entendía. Él no tenía ni idea de cuanto le debía a Jacob Black. –mi vida muchas veces, y posiblemente, mi sanidad también.No quería hablar acerca de ello con nadie, especialmente con Edward. El solamente estaba tratando de salvarme cuando me dejó, tratando de salvar mi alma. No le podía hacer responsable de todas las estupideces que hice en su ausencia, o el dolor que sufrí.Él lo hizo.Tendría que dar mi explicación más cuidadosamente.Me levanté y anduve alrededor de la mesa. Él abrió sus brazos hacia mi y me senté sobre su regazo de piedra. Miré su manos cuando hablé.“Por favor, escúchame solamente un minuto. Esto es muy importante que un mero capricho sobre un viejo amigo. Jacob está sufriendo.” Mi voz se deformaba entorno a la palabra. “Yo no puedo dejar de ayudarle – No puedo abandonarle ahora, cuando el me necesita. Justamente porque él no es humano todo el tiempo…Bien, él estuvo por mi cuando yo estaba…no “tan humana” como ahora. Tú no sabes lo que es eso….” Yo vacilé. Los brazos de Edward estaban rígidos alrededor mío; tenía sus manos ahora encerradas en puños, con el contraste de tendones. “Si Jacob no me hubiera ayudado…Yo no estoy segura de que tú hubieras vuelto. Le debo algo mejor que esto, Edward.Miré su rostro con cautela. Sus ojos estaban cerrados, y su mandíbula estirada.“Yo nunca me perdonaré a mí mismo por dejarte”, suspiró. No si vivo cien mil años.Puse mi mano sobre su rostro frío y esperé hasta que él suspiró y abrió sus ojos.“Tú estabas tratando de hacer lo correcto. Y estoy seguro que esto hubiera funcionado con alguien menos “mental” que yo. Además, tú estás aquí ahora. Esto es lo que importa.”Si nunca me hubiera ido, no hubieras tenido necesidad de arriesgar tu vida para ir a confortar a un perro.”Yo vacilé. Estaba siendo usada por Jacob y toda su detracción la pasaba por alto – chupador de sangre, parásito…Sonaba como […?] en la voz aterciopelada de Edward.Yo no sé cómo hacer la frase con propiedad” dijo Edgard, y su tono era frío. “Esto suena cruel, supongo. Pero quiero he venido también a cerrar tu pérdida en el pasado. Yo sé lo que quiero y pienso hacer. No voy a tolerar nada peligroso.“Debes confiar en mi respecto a esto. Estaré bien”Su rostro estaba sufriendo otra vez. “Por favor, Bella”, susurró.Miré en sus dorados y ardientes ojos. “Por favor, qué?”“Por favor, por mi. Por favor haz un esfuerzo de conciencia para mantenerte a salvo. Hago todo lo que puedo, pero no aprecias una pequeña ayuda.”“Estoy trabajando en ello”, murmuré.“Tienes alguna idea de cuan importante eres para mí? Algún concepto para describir cuanto te quiero?” Él me atrajo y me estrechó en su pecho, arropando mi cabeza bajo su cuello.Presioné mis labios alrededor de su nevado y frío cuello. “Sé cuanto te quiero”, respondí.“Tú comparas un pequeño árbol con el bosque entero.”Giré mis ojos, pero él no lo podía ver. “Imposible”:Él besó mi cabeza y suspiró.“Nada de licántropos”.“No voy a estar siempre con esto. Tengo que ver a Jacob.”“Entonces yo te pararé.”El sonaba completamente tan confidencial que no sería un problema.Estaba segura que él estaba en lo correcto.“Ya veremos lo que hacemos sobre esto.”, fanfarroneé igualmente. “Él todavía es mi amigo.”Podía sentir la nota de Jacob en mi bolsillo, como si pesara 10 libras. Podía escuchar las palabras en su boca, y ver parecía estar de acuerdo con Edward – algo que no pasaba en realidad.Eso no cambia nada. Lo siento.

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Capitulo 1 “LA FIESTA”

octubre 6, 2009 at 3:33 pm (Luna nueva.) ()

Estaba segura de que era un sueño en un noventa y nueve por ciento.
Las razones de esa certeza casi absoluta eran, en primer lugar, que permanecía en pie recibiendo de pleno un brillante rayo de sol, la clase de sol intenso y cegador que nunca brillaba en mi actual hogar de Forks, Washington, donde siempre lloviznaba; y en segundo lugar, porque estaba viendo a mi abuelita Marie, que había muerto hacía seis años. Esto, sin duda, ofrecía una seria evidencia a favor de la teoría del sueño.
La abuela no había cambiado mucho. Su rostro era tal y como lo recordaba; la piel suave tenía un aspecto marchito y se plegaba en un millar de finas arrugas debajo de las cuales se traslucía con delicadeza el hueso, como un melocotón seco, pero aureolado con una mata de espeso pelo blanco de aspecto similar al de una nube.
Nuestros labios —los suyos fruncidos en una miríada de arrugas— se curvaron a la vez con una media sonrisa de sorpresa. Al parecer, tampoco ella esperaba verme.
Estaba a punto de preguntarle algo, era tanto lo que quería saber… ¿Qué hacía en mi sueño? ¿Dónde había permanecido los últimos seis años? ¿Estaba bien el abuelo? ¿Se habían encontrado dondequiera que estuvieran? Pero ella abrió la boca al mismo tiempo que yo y me detuve para dejarla hablar primero. Ella hizo lo mismo y ambas sonreímos, ligeramente incómodas.
—¿Bella?
No era ella la que había pronunciado mi nombre, por lo que ambas nos volvimos para ver quién se unía a nuestra pequeña reunión. En realidad, yo no necesitaba mirar para saberlo. Era una voz que habría reconocido en cualquier lugar, y a la que también hubiera respondido, ya estuviera dormida o despierta. .. o incluso muerta, estoy casi segura. La voz por la que habría caminado sobre el fuego o, con menos dramatismo, por la que chapotearía todos los días de mi vida entre el frío y la lluvia incesante.
Edward.
Aunque me moría de ganas por verle —consciente o no— y estaba casi segura de que se trataba de un sueño, me entró el pánico a medida que Edward se acercaba a nosotras caminando bajo la deslumbrante luz del sol.
Me asusté porque la abuela ignoraba que yo estaba enamorada de un vampiro —nadie lo sabía— y no se me ocurría la forma de explicarle el hecho de que los brillantes rayos del sol se quebraran sobre su piel en miles de fragmentos de arco iris, como si estuviera hecho de cristal o de diamante.
Bien, abuelita, quizás te hayas dado cuenta de que mi novio resplandece. Es algo que le pasa cuando se expone al sol, pero no te preocupes…
Pero ¿qué hacía él aquí? La única razón de que viviera en Forks, el lugar más lluvioso del mundo, era poder salir a la luz del día sin que quedara expuesto el secreto de su familia. Sin embargo, ahí estaba; se acercaba, como si yo estuviera sola, con ese andar suyo tan grácil y despreocupado y esa hermosísima sonrisa en su angelical rostro.
En ese momento deseé no ser la excepción de su misterioso don. En general, agradecía ser la única persona cuyos pensamientos no podía oír con la misma claridad que si los expresara en voz alta, pero ahora hubiera deseado que oyera el aviso que le gritaba en mi fuero interno.
Lancé una mirada aterrada a la abuela y me percaté de que era demasiado tarde. En ese instante, ella se volvió para mirarme y sus ojos expresaron la misma alarma que los míos.
Edward continuó sonriendo de esa forma tan arrebatadora que hacía que mi corazón se desbocase y pareciera a punto de estallar dentro de mi pecho. Me pasó el brazo por los hombros y se volvió para mirar a mi abuela.
Su expresión me sorprendió. Me miraba avergonzada, como si esperara una reprimenda, en vez de horrorizarse. Mantuvo aquel extraño gesto y separó torpemente un brazo del cuerpo; luego, lo alargó y curvó en el aire como si abrazara a alguien a quien no podía ver, alguien invisible…
Sólo me percaté del marco que rodeaba su figura al contemplar la imagen desde una perspectiva más amplia. Sin comprender aún, alcé la mano que no rodeaba la cintura de Edward y la acerqué para tocar a mi abuela. Ella repitió el movimiento de forma exacta, como en un espejo. Pero donde nuestros dedos hubieran debido encontrarse, sólo había frío cristal…
El sueño se convirtió en una pesadilla de forma brusca y vertiginosa.
Ésa no era la abuela.
Era mi imagen reflejada en un espejo. Era yo, anciana, arrugada y marchita.
Edward permanecía a mi lado sin reflejarse en el espejo, insoportablemente hermoso a sus diecisiete años eternos.
Apretó sus labios fríos y perfectos contra mi mejilla decrépita.
—Feliz cumpleaños —susurró.

Me desperté sobresaltada, jadeante y con los ojos a punto de salirse de las órbitas. Una mortecina luz gris, la luz propia de una mañana nublada, sustituyó al sol cegador de mi pesadilla.
Sólo ha sido un sueño, me dije. Sólo ha sido un sueño. Tomé aire y salté de la cama cuando se me pasó el susto. El pequeño calendario de la esquina del reloj me mostró que todavía estábamos a trece de septiembre.
Era sólo un sueño pero, sin duda, profético, al menos en un sentido. Era el día de mi cumpleaños. Acababa de cumplir oficialmente dieciocho años.
Había estado temiendo este día durante meses.
Durante el perfecto verano —el verano más feliz que he tenido jamás, el más feliz que nadie nunca haya podido tener y el más lluvioso de la historia de la península Olympic— esta fecha funesta había estado acechándome, preparada para saltar.
Y ahora que por fin había llegado, resultaba aún peor de lo que temía. Casi podía sentirlo: era mayor. Cada día envejecía un poco más, pero hoy era diferente y notablemente peor. Tenía dieciocho años.
Los que Edward nunca llegaría a cumplir.
Cuando fui a lavarme los dientes, casi me sorprendió que el rostro del espejo no hubiera cambiado. Examiné a conciencia la piel marfileña de mi rostro en busca de algún indicio inminente de arrugas. Sin embargo, no había otras que las de mi frente, y comprendí que desaparecerían si me relajaba, pero no podía. La desazón se había aposentado en mi ceño hasta formar una línea de preocupación encima de los ansiosos ojos marrones.
Sólo ha sido un sueño, me recordé una vez más. Sólo un sueño, y también mi peor pesadilla.
Con las prisas por salir de casa lo antes posible, me salté el desayuno. No me encontraba con ánimo de enfrentarme a mi padre y tener que pasar unos minutos fingiendo estar contenta. Intentaba sentirme sinceramente entusiasmada con los regalos que le había pedido que no me hiciera, pero notaba que estaba a punto de llorar cada vez que debía sonreír.
Hice un esfuerzo para sosegarme mientras conducía camino del instituto. Resultaba difícil olvidar la visión de la abuelita —no podía pensar en ella como si fuera yo— y sólo pude sentir desesperación cuando entré en el conocido aparcamiento que se extendía detrás del instituto de Forks y descubrí a Edward inmóvil, recostado contra su pulido Volvo plateado como un tributo de marfil consagrado a algún olvidado dios pagano de la belleza. El sueño no le hacía justicia. Y estaba allí esperándome sólo a mí, igual que cualquier otro día.
La desesperación se disipó momentáneamente y la sustituyó el embeleso. Después del casi medio año que llevábamos juntos, todavía no podía creerme que mereciera tener tanta suerte.
Su hermana Alice estaba a su lado, esperándome también.
Edward y Alice no estaban emparentados de verdad, por supuesto —la historia que corría por Forks era que los retoños de los Cullen habían sido adoptados por el doctor Carlisle Cullen y su esposa Esme, ya que ambos tenían un aspecto excesivamente joven como para tener hijos adolescentes—, aunque su piel tenía el mismo tono de palidez, sus ojos el mismo extraño matiz dorado y las mismas ojeras marcadas y amoratadas. El rostro de Alice, al igual que el de Edward, era de una hermosura asombrosa, y estas similitudes los delataban a los ojos de alguien que, como yo, sabía qué eran.
Puse cara de pocos amigos al ver a Alice esperándome allí, con sus ojos de color tostado brillando de excitación y una pequeña caja cuadrada envuelta en papel plateado en las manos. Le había dicho que no quería nada, nada, ni regalos ni ningún otro tipo de atención por mi cumpleaños. Evidentemente, había ignorado mis deseos.
Cerré de un golpe la puerta de mi Chevrolet del 53 y una lluvia de motas de óxido revoloteó hasta la cubierta de color negro. Después me dirigí lentamente hacia donde me aguardaban. Alice saltó hacia delante para encontrarse conmigo; su cara de duende resplandecía bajo el puntiagudo pelo negro.
—¡Feliz cumpleaños, Bella!
—¡Shhh! —bisbiseé mientras miraba alrededor del aparcamiento para cerciorarme de que nadie la había oído. Lo último que me apetecía era cualquier clase de celebración del luctuoso evento.
Ella me ignoró.
—¿Cuándo quieres abrir tu regalo? ¿Ahora o luego? —me preguntó entusiasmada mientras caminábamos hacia donde nos esperaba Edward.
—No quiero regalos —protesté con un hilo de voz.
Al fin, pareció darse cuenta de cuál era mi estado de ánimo.
—Vale…, tal vez luego. ¿Te ha gustado el álbum de fotografías que te ha enviado tu madre? ¿Y la cámara de Charlie?
Suspiré. Por descontado, ella debía de saber cuáles iban a ser mis regalos de cumpleaños. Edward no era el único miembro de la familia dotado de extrañas cualidades. Seguramente Alice habría «visto» lo que mis padres planeaban regalarme en cuanto lo hubieran decidido.
—Sí, son maravillosos.
—A mí me parece una idea estupenda. Sólo te haces mayor de edad una vez en la vida, así que lo mejor es documentar bien la experiencia.
—¿Cuántas veces te has hecho tú mayor de edad?
—Eso es distinto.
Entonces llegamos a donde estaba Edward, que me tendió la mano. La tomé con ganas, olvidando por un momento mi pesadumbre. Su piel era suave, dura y helada, como siempre. Le dio a mis dedos un apretón cariñoso. Me sumergí en sus líquidos ojos de topacio y mi corazón sufrió otro apretón aunque bastante menos dulce.
Él sonrió al escuchar el tartamudeo de los latidos de mi corazón. Levantó la mano libre y recorrió el contorno de mis labios con el gélido extremo de uno de sus dedos mientras hablaba.
—Así que, tal y como me impusiste en su momento, no me permites que te felicite por tu cumpleaños, ¿correcto?
—Sí, correcto —nunca conseguiría imitar, ni siquiera de lejos, su perfecta y formal facilidad de expresión. Eso era algo que solamente podía adquirirse en un siglo pretérito.
—Sólo me estaba asegurando —se pasó la mano por su despeinado cabello de color bronce—. Podrías haber cambiado de idea. La mayoría de la gente disfruta con cosas como los cumpleaños y los regalos.
Alice rompió a reír y su risa se alzó como un sonido plateado, similar al repique del viento.
—Pues claro que lo disfruta. Se supone que hoy todo el mundo se va a portar bien contigo y te dejará hacer lo que quieras, Bella. ¿Qué podría ocurrir de malo? —lanzó la frase como una pregunta retórica.
—Pues hacerme mayor —contesté de todos modos, y mi voz no fue tan firme como me hubiera gustado.
A mi lado, la sonrisa de Edward se tensó hasta convertirse en una línea dura.
—Tener dieciocho años no es ser muy mayor —dijo Alice—. Tenía entendido que, por lo general, las mujeres no se sentían mal por cumplir años hasta llegar a los veintinueve.
—Es ser mayor que Edward —mascullé.
Él suspiró.
—Técnicamente —dijo ella sin perder su tono desenfadado—, ya que sólo lo adelantas en un año de nada.
Se suponía que… si estaba segura del futuro que deseaba, segura de pasarlo para siempre con Edward, Alice y el resto de los Cullen (mejor si no era como una menuda anciana arrugada) … uno o dos años arriba o abajo no me importarían demasiado. Pero Edward se había cerrado en banda respecto a cualquier clase de futuro que incluyera mi transformación. Cualquier futuro que me hiciera como él, inmortal igual que él.
Un impasse, lo llamaría Edward.
Para ser sinceros, la verdad es que no entendía su punto de vista. ¿Qué tenía de bueno la mortalidad? Convertirse en vampiro no parecía una cosa tan horrible, al menos no a la manera de los Cullen.
—¿A qué hora vendrás a casa? —continuó Alice, cambiando de tema. A juzgar por su expresión, ya se había dado cuenta de qué era lo que yo estaba intentando evitar.
—No sabía que tuviera que ir allí.
—¡Oh, por favor, Bella, no te pongas difícil! —se quejó ella—. No nos irás a arruinar toda la diversión poniendo esa cara, ¿verdad?
—Creía que mi cumpleaños era para tener lo que yo deseara.
—La llevaré desde casa de Charlie justo después de que terminemos las clases —le dijo Edward, ignorándome sin esfuerzo.
—Tengo que trabajar —protesté.
—En realidad, no —repuso Alice con aire de suficiencia—, ya he hablado con la señora Newton sobre eso. Te cambiará el turno en la tienda. Me dijo que te deseara un feliz cumpleaños.
—Pero… pero es que no puedo dejarlo —tartamudeé mientras buscaba desesperadamente una excusa—. Lo cierto es que, bueno, todavía no he visto Romeo y Julieta para la clase de Literatura.
Alice resopló con impaciencia.
—Te sabes Romeo y Julieta de memoria.
—Pero el señor Berty dice que necesitamos verlo representado para ser capaces de apreciarlo en su integridad, ya que ésa era la forma en que Shakespeare quiso que se hiciera.
Edward puso los ojos en blanco.
—Pero si ya has visto la película —me acusó Alice.
—No en la versión de los sesenta. El señor Berty aseguró que era la mejor.
Finalmente, Alice perdió su sonrisa satisfecha y me miró fijamente.
—Mira, puedes ponértelo difícil o fácil, tú verás, pero de un modo u otro…
Edward interrumpió su amenaza.
—Tranquilízate, Alice. Si Bella quiere ver una película, que la vea. Es su cumpleaños.
—Así es —añadí.
—La llevaré sobre las siete —continuó él—. Os dará más tiempo para organizado todo.
La risa de Alice resonó de nuevo.
—Eso suena bien. ¡Te veré esta noche, Bella! Verás como te lo pasas bien —esbozó una gran sonrisa, una sonrisa amplia que expuso sus perfectos y deslumbrantes dientes; luego me pellizcó una mejilla y salió disparada hacia su clase antes de que pudiera contestarle.
—Edward, por favor… —comencé a suplicar, pero él puso uno de sus dedos fríos sobre mis labios.
—Ya lo discutiremos luego. Vamos a llegar tarde a clase.
Nadie se molestó en mirarnos mientras nos acomodábamos al final del aula en nuestros asientos de costumbre. Ahora estábamos juntos en casi todas las clases —era sorprendente los favores que Edward conseguía de las mujeres de la administración—. Edward y yo llevábamos saliendo juntos demasiado tiempo como para ser objeto de habladurías. Ni siquiera Mike Newton se molestó en dirigirme la mirada apesadumbrada con la que solía hacerme sentir culpable; en vez de eso, ahora me sonreía y yo estaba contenta de que, al parecer, hubiera aceptado que sólo podíamos ser amigos. Mike había cambiado ese verano; los pómulos resaltaban más ahora que su rostro se había estirado, y era distinta la forma en que peinaba su cabello rubio: en lugar de llevarlo pinchudo, se lo había dejado más largo y modelado con gel en una especie de desaliño casual. Era fácil ver dónde se había inspirado, aunque el aspecto de Edward era algo inalcanzable por simple imitación.
Conforme avanzaba el día, consideré todas las formas de eludir lo que se estuviera preparando en la casa de los Cullen aquella noche. El hecho en sí ya era lo bastante malo como para celebrarlo; máxime cuando, en realidad, no estaba de humor para fiestas, y peor aún, cuando lo más probable es que éstas incluyeran convertirme en el centro de atención y hacerme regalos.
Nunca es bueno que te presten atención —seguramente, cualquier patoso tan proclive como yo a los accidentes pensará lo mismo—. Nadie desea convertirse en foco de nada si tiene tendencia a que se le caiga todo encima.
Además, había pedido con toda claridad (en realidad, había ordenado expresamente) que nadie me regalara nada ese año. Y parecía que Charlie y Renée no habían sido los únicos que habían decidido pasarlo por alto.
Nunca tuve mucho dinero, pero eso no me había preocupado jamás. Renée me había criado con el sueldo de una maestra de guardería, y tampoco Charlie se estaba forrando con el suyo, precisamente, siendo jefe de policía de una localidad pequeña como Forks. Mi único ingreso personal procedía de los tres días a la semana que trabajaba en la tienda local de productos deportivos. Era afortunada al tener un trabajo en un lugar tan minúsculo como aquél. Destinaba cada centavo que ganaba a mi microscópico fondo para la universidad. En realidad, la universidad era el plan B, porque aún no había perdido las esperanzas depositadas en el plan A, aunque Edward se había puesto tan inflexible con lo de que yo continuara siendo humana que…
Edward tenía un montón de dinero, ni siquiera quería pensar en la cantidad total. El dinero casi carecía de significado para él y el resto de los Cullen. Según ellos, solamente era algo que se acumula cuando tienes tiempo ilimitado y una hermana con la asombrosa habilidad de predecir pautas en el mercado de valores. Edward no parecía entender por qué le ponía objeciones a que gastara su dinero conmigo, es decir, por qué me incomodaba que me llevara a un restaurante caro de Seattle y no podía regalarme un coche que alcanzara velocidades superiores a los ochenta kilómetros por hora, o incluso por qué no podía pagarme la matrícula de la universidad. Tenía un entusiasmo realmente ridículo por el plan B. Edward creía que yo estaba poniendo trabas sin necesidad.
Pero ¿cómo le iba a dejar que me diera nada cuando yo no tenía con qué corresponderle? Él, por alguna razón incomprensible, quería estar conmigo. Cualquier cosa que me diera, además de su compañía, aumentaba aún más el desequilibrio entre nosotros.
Conforme fue avanzando el día, ni Edward ni Alice volvieron a sacar el tema de mi cumpleaños, y comencé a relajarme un poco.
Nos sentamos en nuestro lugar de siempre a la hora del almuerzo.
Existía alguna extraña clase de tregua en esa mesa. Nosotros tres —Edward, Alice y yo— nos sentábamos en el extremo sur de la misma. Ahora que los hermanos Cullen más mayores y amedrentadores —por lo menos en el caso de Emmett— se habían graduado, Alice y Edward ya no intimidaban demasiado y no nos sentábamos solos. Mis otros amigos, Mike y Jessica —que estaban en la incómoda fase de amistad posterior a la ruptura—, Angela y Ben —cuya relación había sobrevivido al verano—, Eric, Conner, Tyler y Lauren —aunque esta última no entraba realmente en la categoría de amiga— se sentaban todos en la misma mesa, pero al otro lado de una línea invisible. Esa línea se disolvía en los días soleados, cuando Edward y Alice evitaban acudir a clase; entonces la conversación se generalizaba sin esfuerzo hasta hacerme partícipe.
Ni Edward ni Alice encontraban este ligero ostracismo ofensivo ni molesto, como le hubiera ocurrido a cualquiera. De hecho, apenas lo notaban. La gente siempre se sentía extrañamente mal e incómoda con los Cullen, casi atemorizada por alguna razón que no era capaz de explicar. Yo era una rara excepción a esa regla. Algunas veces Edward se molestaba por lo cómoda que me sentía en su cercanía. Pensaba que eso no le convenía a mi salud, una opinión que yo rechazaba de plano en cuanto él la formulaba con palabras.
La sobremesa pasó deprisa. Terminaron las clases y Edward me acompañó al coche, como de costumbre, pero esta vez me abrió la puerta del copiloto. Alice debía de haberse llevado su coche a casa para que él pudiera evitar que yo consiguiera escabullirme.
Crucé los brazos y no hice ademán de guarecerme de la lluvia.
—¿Es mi cumpleaños y ni siquiera puedo conducir?
—Me comporto como si no fuera tu cumpleaños, tal y como tú querías.
—Pues si no es mi cumpleaños, no tengo que ir a tu casa esta noche…
—Muy bien —cerró la puerta del copiloto y pasó a mi lado para abrir la puerta del conductor—. Feliz cumpleaños.
—Calla —mascullé con poco entusiasmo. Entré por la puerta abierta, deseando que él hubiera optado por la otra posibilidad.
Mientras yo conducía, Edward jugueteó con la radio sin dejar de sacudir la cabeza con abierto descontento.
—Tu radio se oye fatal.
Puse cara de pocos amigos. No me gustaba que empezara a criticar el coche. Estaba muy bien y además tenía personalidad.
—¿Quieres un estéreo que funcione bien? Pues conduce tu propio coche —los planes de Alice me ponían tan nerviosa que empeoraban mi estado de ánimo, ya de por sí sombrío, y las palabras me salieron con más brusquedad de la pretendida. Nunca exponía a Edward a mi mal genio, y el tono de mi voz le hizo apretar los labios para que no se le escapara una sonrisa.
Se volvió para tomar mi rostro entre sus manos cuando aparqué frente a la casa de Charlie. Me tocó con mucho cuidado, paseando las puntas de sus dedos por mis sienes, mis pómulos y la línea de la mandíbula. Como si yo fuera algo que pudiera romperse con facilidad. Lo cual era exactamente el caso, al menos en comparación con él.
—Deberías estar de un humor estupendo, hoy más que nunca —susurró. Su dulce aliento se deslizó por mi rostro.
—¿Y si no quiero estar de buen humor? —pregunté con la respiración entrecortada.
Sus ojos dorados ardieron con pasión.
—Pues muy mal.
Empezaba a sentirme confusa cuando se inclinó sobre mí y apretó sus labios helados contra los míos. Tal como él pretendía, sin duda, olvidé todas mis preocupaciones, y me concentré en recordar cómo se inspiraba y espiraba.
Su boca se detuvo sobre la mía, fría, suave y dulce, hasta que deslicé mis brazos en torno a su cuello y me lancé a besarle con algo más que simple entusiasmo. Sentí cómo sus labios se curvaban hacia arriba cuando se apartó de mi cara y se alzó para deshacer mi abrazo.
Edward había establecido con cuidado los límites exactos de nuestro contacto físico a fin de mantenerme viva. Aunque yo respetaba la necesidad de guardar una distancia segura entre mi piel y sus dientes ponzoñosos y afilados como navajas, tendía a olvidar esas trivialidades cuando me besaba.
—Pórtate bien, por favor —suspiró contra mi mejilla. Presionó sus labios contra los míos una vez más y se apartó definitivamente de mí, obligándome a cruzar los brazos sobre mi estómago.
El pulso me atronaba los oídos. Me puse una mano en el corazón. Palpitaba enloquecido.
—¿Crees que esto mejorará algún día? —me pregunté, más a mí misma que a él—. ¿Alguna vez conseguiré que el corazón deje de intentar saltar fuera de mi pecho cuando me tocas?
—La verdad, espero que no —respondió, un poco pagado de sí mismo.
Puse los ojos en blanco.
—Anda, vamos a ver cómo los Capuletos y los Montescos se destrozan unos a otros, ¿vale?
—Tus deseos son órdenes para mí.
Edward se repatingó en el sofá mientras yo ponía la película, pasando rápido los créditos del principio. Me envolvió la cintura con sus brazos y me reclinó contra su pecho cuando me senté junto a él en el borde del sofá. No era exactamente tan cómodo como un cojín, pero yo lo prefería con diferencia. Su pecho era frío y duro, aunque perfecto, como una escultura de hielo. Tomó la manta de punto que descansaba, doblada, sobre el respaldo del sofá y me envolvió con ella para que no me congelara al contacto de su cuerpo.
—¿Sabes?, Romeo no me cae nada bien —comentó cuando empezó la película.
—¿Y qué le pasa a Romeo? —le pregunté, un poco molesta. Era uno de mis personajes de ficción favoritos. Creo que hasta estaba un poco enamorada de él hasta que conocí a Edward.
—Bien, en primer lugar, está enamorado de esa Rosalinda, ¿no te parece que es un poco voluble? Y luego, unos pocos minutos después de su boda, mata al primo de Julieta. No es precisamente un rasgo de brillantez. Acumula un error tras otro. ¿Habría alguna otra manera más completa de destruir su felicidad?
Suspiré.
—¿Quieres que la vea yo sola?
—No, de todos modos, yo estaré mirándote a ti la mayor parte del rato —sus dedos se deslizaron por mi piel trazando formas, poniéndome la carne de gallina—. ¿Te vas a poner a llorar?
—Probablemente —admití—. Si estás pendiente de mí todo el rato.
—Entonces no te distraeré —pero sentí sus labios contra mi pelo y eso me distrajo bastante.
La película captó mi interés a ratos, gracias en buena parte a que Edward me susurraba los versos de Romeo al oído, con su irresistible voz aterciopelada, que convertía la del actor en un sonido débil y basto en comparación. Y claro que lloré, para su diversión, cuando Julieta se despierta y encuentra a su reciente esposo muerto.
—He de admitir que le tengo una especie de envidia —dijo Edward secándome las lágrimas con un mechón de mi propio pelo.
—Ella es muy guapa.
Él hizo un sonido de disgusto.
—No le envidio la chica, sino la facilidad para suicidarse —aclaró con tono de burla—. ¡Para vosotros, los humanos, es tan sencillo! Todo lo que tenéis que hacer es tragaros un pequeño vial de extractos de plantas…
—¿Qué? —inquirí con un grito ahogado.
—Es algo que tuve que plantearme una vez, y sé por la experiencia de Carlisle que no es nada sencillo. Ni siquiera estoy seguro de cuántas maneras de matarse probó Carlisle al principio, cuando se dio cuenta de en qué se había convertido… —su voz, que se había tornado mucho más seria, se volvió ligera otra vez—. Y no cabe duda de que sigue con una salud excelente.
Me retorcí para poder leer su expresión.
—¿De qué estás hablando? —quise saber—. ¿Qué quieres decir con eso de que tuviste que planteártelo una vez?
—La primavera pasada, cuando tú casi… casi te mataron… —hizo una pausa para inspirar profundamente, luchando por volver al tono socarrón de antes—. Claro que estaba concentrado en encontrarte con vida, pero una parte de mi mente estaba elaborando un plan de emergencia por si las cosas no salían bien. Y como te decía, no es tan fácil para mí como para un humano.
Los recuerdos de mi último viaje a Phoenix me embargaron y durante un segundo sentí cierto vértigo. Aún conservaba en mi memoria, con total nitidez, el sol cegador y las oleadas de calor procedentes del asfalto mientras corría a toda prisa y con ansiedad al encuentro del sádico vampiro que quería torturarme hasta la muerte. James me esperaba en la habitación de los espejos con mi madre como rehén, o eso suponía yo. No supe hasta más tarde que todo era una treta. Lo que tampoco sabía James es que Edward se apresuraba a salvarme. Lo consiguió a tiempo, pero por muy poco. De manera inconsciente, mis dedos se deslizaron por la cicatriz en forma de media luna de mi mano, siempre a varios grados por debajo de la temperatura del resto de mi piel.
Sacudí la cabeza, como si con eso pudiera deshacerme de todos los malos recuerdos e intenté comprender lo que Edward quería decir, mientras sentía un incómodo peso en el estómago.
—¿Un plan de emergencia? —repetí.
—Bueno, no estaba dispuesto a vivir sin ti —puso los ojos en blanco como si eso resultara algo evidente hasta para un niño—. Aunque no estaba seguro sobre cómo hacerlo. Tenía claro que ni Emmett ni Jasper me ayudarían…, así que pensé que lo mejor sería marcharme a Italia y hacer algo que molestara a los Vulturis.
No quería creer que hablara en serio, pero sus ojos dorados brillaban de forma inquietante, fijos en algo lejano en la distancia, como si contemplara las formas de terminar con su propia vida. De pronto, me puse furiosa.
—¿Qué es un Vulturis? —inquirí.
—Son una familia —contestó con la mirada ausente—, una familia muy antigua y muy poderosa de nuestra clase. Es lo más cercano que hay en nuestro mundo a la realeza, supongo. Carlisle vivió con ellos algún tiempo durante sus primeros años, en Italia, antes de venir a América. ¿No recuerdas la historia?
—Claro que me acuerdo.
Nunca podría olvidar la primera vez que visité su casa, la enorme mansión blanca escondida en el bosque al lado del río, o la habitación donde Carlisle —el padre de Edward en tantos sentidos reales— tenía una pared llena de pinturas que contaban su historia personal. El lienzo más vívido, el de colores más luminosos y también el más grande, procedía de la época que Carlisle había pasado en Italia. Naturalmente que me acordaba del sereno cuarteto de hombres, cada uno con el rostro exquisito de un serafín, pintados en la más alta de las balconadas, observando la espiral caótica de colores. Aunque la pintura se había realizado hacía siglos, Carlisle, el ángel rubio, permanecía inalterable. Y recuerdo a los otros tres, los primeros conocidos de Carlisle. Edward nunca había utilizado la palabra Vulturis para referirse al hermoso trío, dos con el pelo negro y uno con el cabello blanco como la nieve. Los llamó Aro, Cayo y Marco, los mecenas nocturnos de las artes.
—De cualquier modo, lo mejor es no irritar a los Vulturis —continuó Edward, interrumpiendo mi ensoñación—. No a menos que desees morir, o lo que sea que nosotros hagamos —su voz sonaba tan tranquila que parecía casi aburrido con la perspectiva.
Mi ira se transformó en terror. Tomé su rostro marmóreo entre mis manos y se lo apreté fuerte.
—¡Nunca, nunca vuelvas a pensar en eso otra vez! ¡No importa lo que me ocurra, no te permito que te hagas daño a ti mismo!
—No te volveré a poner en peligro jamás, así que eso es un punto indiscutible.
—¡Ponerme en peligro! ¿Pero no estábamos de acuerdo en que toda la mala suerte es cosa mía? —estaba enfadándome cada vez más—. ¿Cómo te atreves a pensar en esas cosas? —la idea de que Edward dejara de existir, incluso aunque yo estuviera muerta, me producía un dolor insoportable.
—¿Qué harías tú si las cosas sucedieran a la inversa? —preguntó.
—No es lo mismo.
Él no parecía comprender la diferencia y se rió entre dientes.
—¿Y qué pasa si te ocurre algo? —me puse pálida sólo de pensarlo—. ¿Querrías que me suicidara?
Un rastro de dolor surcó sus rasgos perfectos.
—Creo que veo un poco por dónde vas… sólo un poco —admitió—. Pero ¿qué haría sin ti?
—Cualquier cosa de las que hicieras antes de que yo apareciera para complicarte la vida.
Suspiró.
—Tal como lo dices, suena fácil.
—Seguro que lo es. No soy tan interesante, la verdad.
Parecía a punto de rebatirlo, pero lo dejó pasar.
—Eso es discutible —me recordó.
Repentinamente, se incorporó adoptando una postura más formal, colocándome a su lado de modo que no nos tocáramos.
—¿Charlie? —aventuré.
Edward sonrió. Poco después escuché el sonido del coche de policía al entrar por el camino. Busqué y tomé su mano con firmeza, ya que mi padre bien podría tolerar eso.
Charlie entró con una caja de pizza en las manos.
—Hola, chicos —me sonrió—. Supuse que querrías tomarte un respiro de cocinar y fregar platos el día de tu cumpleaños. ¿Hay hambre?
—Está bien. Gracias, papá.
Charlie no hizo ningún comentario sobre la aparente falta de apetito de Edward. Estaba acostumbrado a que no cenara con nosotros.
—¿Le importaría si me llevo a Bella esta tarde? —preguntó Edward cuando Charlie y yo terminamos.
Miré a Charlie con rostro esperanzado. Quizás él tuviera ese tipo de concepto de cumpleaños que consiste en «quedarse en casa», en plan familiar. Éste era mi primer cumpleaños con él, el primer cumpleaños desde que mi madre, Renée, volviera a casarse y se hubiera ido a vivir a Florida, de modo que no sabía qué expectativas tendría él.
—Eso es estupendo, los Mariner juegan con los Fox esta noche —explicó Charlie, y mi esperanza desapareció—, así que seguramente seré una mala compañía… Toma —sacó la cámara que me había comprado por sugerencia de Renée (ya que necesitaría fotos para llenar mi álbum) y me la lanzó.
Él debería haber sabido mejor que nadie que yo no era ninguna maravilla de coordinación de movimientos. La cámara saltó de entre mis dedos y cayó dando vueltas hacia el suelo. Edward la atrapó en el aire antes de que se estampara contra el linóleo.
—Buena parada —remarcó Charlie—. Si han organizado algo divertido esta noche en casa de los Cullen, Bella, toma algunas fotos. Ya sabes cómo es tu madre, estará esperando verlas casi al mismo tiempo que las vayas haciendo.
—Buena idea, Charlie —dijo Edward mientras me devolvía la cámara.
Volví la cámara hacia él y le hice la primera foto.
—Va bien.
—Estupendo. Oye, saluda a Alice de mi parte. Lleva tiempo sin pasarse por aquí —Charlie torció el gesto.
—Sólo han pasado tres días, papá —le recordé. Charlie estaba loco por Alice. Se encariñó con ella la última primavera, cuando me estuvo ayudando en mi difícil convalecencia; Charlie siempre le estaría agradecido por salvarle del horror de ayudar a ducharse a una hija ya casi adulta—. Se lo diré.
—Que os divirtáis esta noche, chicos —eso era claramente una despedida. Charlie ya se iba camino del salón y de la televisión.
Edward sonrió triunfante y me tomó de la mano para dirigirnos hacia la cocina.
Cuando fuimos a buscar mi coche, me abrió la puerta del copiloto y esta vez no protesté. Todavía me costaba mucho trabajo encontrar el camino oculto que llevaba a su casa en la oscuridad.
Edward condujo hacia el norte, hacia las afueras de Forks, visiblemente irritado por la escasa velocidad a la que le permitía conducir mi prehistórico Chevrolet. El motor rugía incluso más fuerte de lo habitual mientras intentaba ponerlo a más de ochenta.
—Tómatelo con calma —le advertí.
—¿Sabes qué te gustaría un montón? Un precioso y pequeño Audi Coupé. Apenas hace ruido y tiene mucha potencia…
—No hay nada en mi coche que me desagrade. Y hablando de caprichos caros, si supieras lo que te conviene, no te gastarías nada en regalos de cumpleaños.
—Ni un centavo —dijo con aspecto recatado.
—Muy bien.
—¿Puedes hacerme un favor?
—Depende de lo que sea.
Suspiró y su dulce rostro se puso serio.
—Bella, el último cumpleaños real que tuvimos nosotros fue el de Emmett en 1935. Déjanos disfrutar un poco y no te pongas demasiado difícil esta noche. Todos están muy emocionados.
Siempre me sorprendía un poco cuando se refería a ese tipo de cosas.
—Vale, me comportaré.
—Probablemente debería avisarte de que…
—Bien, hazlo.
—Cuando digo que todos están emocionados… me refiero a todos ellos.
—¿Todos? —me sofoqué—. Pensé que Emmett y Rosalie estaban en África.
El resto de Forks tenía la sensación de que los retoños mayores de los Cullen se habían marchado ese año a la universidad, a Dartmouth, pero yo tenía más información.
—Emmett quería estar aquí.
—Pero… ¿y Rosalie?
—Ya lo sé, Bella. No te preocupes, ella se comportará lo mejor posible.
No contesté. Como si yo simplemente pudiera no preocuparme, así de fácil. A diferencia de Alice, la otra hermana «adoptada» de Edward, la exquisita Rosalie con su cabello rubio dorado, no me estimaba mucho. En realidad, lo que sentía era algo un poco más fuerte que el simple desagrado. Por lo que a Rosalie se refería, yo era una intrusa indeseada en la vida secreta de su familia.
Me sentía terriblemente culpable por la situación. Ya me había dado cuenta de que la prolongada ausencia de Emmett y Rosalie era por mi causa, a pesar de que, sin reconocerlo abiertamente, estaba encantada de no tener que verla. A Emmett, el travieso hermano de Edward, sí que le echaba de menos. En muchos sentidos, se parecía a ese hermano mayor que yo siempre había querido tener…, sólo que era mucho, mucho más amedrentador.
Edward decidió cambiar de tema.
—Así que, si no me dejas regalarte el Audi, ¿no hay nada que quieras por tu cumpleaños?
Mis palabras salieron en un susurro.
—Ya sabes lo que quiero.
Un profundo ceño hizo surgir arrugas en su frente de mármol. Era evidente que hubiera preferido continuar con el tema de Rosalie.
Parecía que aquel día no hiciéramos nada más que discutir.
—Esta noche, no, Bella. Por favor.
—Bueno, quizás Alice pueda darme lo que quiero.
Edward gruñó; era un sonido profundo y amenazante.
—Este no va a ser tu último cumpleaños, Bella —juró.
—¡Eso no es justo!
Creo que pude oír cómo le rechinaban los dientes.
Estábamos a punto de llegar a la casa. Las luces brillaban con fuerza en las ventanas de los dos primeros pisos. Una larga línea de relucientes farolillos de papel colgaba de los aleros del porche, irradiando un sutil resplandor sobre los enormes cedros que rodeaban la casa. Grandes maceteros de flores —rosas de color rosáceo— se alineaban en las amplias escaleras que conducían a la puerta principal.
Gemí.
Edward inspiró profundamente varias veces para calmarse.
—Esto es una fiesta —me recordó—. Intenta ser comprensiva.
—Seguro —murmuré.
Él dio la vuelta al coche para abrirme la puerta y me ofreció su mano.
—Tengo una pregunta.
Esperó con cautela.
—Si revelo esta película —dije mientras jugaba con la cámara entre mis manos—, ¿aparecerás en las fotos?
Edward se echó a reír. Me ayudó a salir del coche, me arrastró casi por las escaleras y todavía estaba riéndose cuando me abrió la puerta.
Todos nos esperaban en el enorme salón de color blanco. Me saludaron con un «¡Feliz cumpleaños, Bella!», a coro y en voz alta, cuando atravesé la puerta. Enrojecí y clavé la mirada en el suelo. Alice, supuse que había sido ella, había cubierto cada superficie plana con velas rosadas y había docenas de jarrones de cristal llenos con cientos de rosas. Cerca del gran piano de Edward había una mesa con un mantel blanco, sobre el cual estaba el pastel rosa de cumpleaños, más rosas, una pila de platos de cristal y un pequeño montón de regalos envueltos en papel plateado.
Era cien veces peor de lo que había imaginado.
Edward, al notar mi incomodidad, me pasó un brazo alentador por la cintura y me besó en lo alto de la cabeza.
Los padres de Edward, Esme y Carlisle —jóvenes hasta lo inverosímil y tan encantadores como siempre— eran los que estaban más cerca de la puerta. Esme me abrazó con cuidado y su pelo suave del color del caramelo me rozó la mejilla cuando me besó en la frente. Entonces, Carlisle me pasó el brazo por los hombros.
—Siento todo esto, Bella —me susurró en un aparte—. No hemos podido contener a Alice.
Rosalie y Emmett estaban detrás de ellos. Ella no sonreía, pero al menos no me miraba con hostilidad. El rostro de Emmett se ensanchó en una gran sonrisa. Habían pasado meses desde la última vez que los vi; había olvidado lo gloriosamente bella que era Rosalie, tanto, que casi dolía mirarla. Y Emmett siempre había sido tan… ¿grande?
—No has cambiado en nada —soltó Emmett con un tono burlón de desaprobación—. Esperaba alguna diferencia perceptible, pero aquí estás, con la cara colorada como siempre.
—Muchísimas gracias, Emmett —le agradecí mientras enrojecía aún más.
Él se rió.
—He de salir un minuto —hizo una pausa para guiñar teatralmente un ojo a Alice—. No hagas nada divertido en mi ausencia.
—Lo intentaré.
Alice soltó la mano de Jasper y saltó hacia mí, con todos sus dientes brillando en la viva luz. Jasper también sonreía, pero se mantenía a distancia. Se apoyó, alto y rubio, contra la columna, al pie de las escaleras. Durante los días que habíamos pasado encerrados juntos en Phoenix, pensé que había conseguido superar su aversión por mí, pero volvía a comportarse conmigo exactamente del mismo modo que antes, evitándome todo lo que podía, en el momento en que se vio libre de su obligación de protegerme. Sabía que no era nada personal, sólo una precaución y yo intentaba no mostrarme susceptible con el tema. Jasper tenía más problemas que los demás a la hora de someterse a la dieta de los Cullen; el olor de la sangre humana le resultaba mucho más irresistible a él que a los demás, a pesar de que llevaba mucho tiempo intentándolo.
—Es la hora de abrir los regalos —declaró Alice. Pasó su mano fría bajo mi codo y me llevó hacia la mesa donde estaban la tarta y los envoltorios plateados.
Puse mi mejor cara de mártir.
—Alice, ya sabes que te dije que no quería nada…
—Pero no te escuché —me interrumpió petulante—. Ábrelos.
Me quitó la cámara de las manos y en su lugar puso una gran caja cuadrada y plateada. Era tan ligera que parecía vacía. La tarjeta de la parte superior decía que era de Emmett, Rosalie y Jasper. Casi sin saber lo que hacía, rompí el papel y miré por debajo, intentando ver lo que el envoltorio ocultaba.
Era algún instrumento electrónico, con un montón de números en el nombre. Abrí la caja, esperando descubrir lo que había dentro, pero en realidad, la caja estaba vacía.
—Mmm… gracias.
A Rosalie se le escapó una sonrisa. Jasper se rió.
—Es un estéreo para tu coche —explicó—. Emmett lo está instalando ahora mismo para que no puedas devolverlo.
Alice siempre iba un paso por delante de mí.
—Gracias, Jasper, Rosalie —les dije mientras sonreía al recordar las quejas de Edward sobre mi radio esa misma tarde; al parecer, todo era una puesta en escena—. Gracias, Emmett —añadí en voz más alta.
Escuché su risa explosiva desde mi coche y no pude evitar reírme también.
—Abre ahora el de Edward y el mío —dijo Alice, con una voz tan excitada que había adquirido un tono agudo. Tenía en la mano un paquete pequeño, cuadrado y plano.
Me volví y le lancé a Edward una mirada de basilisco.
—Lo prometiste.
Antes de que pudiera contestar, Emmett apareció en la puerta.
—¡Justo a tiempo! —alardeó y se colocó detrás de Jasper, que se había acercado más de lo habitual para poder ver mejor.
—No me he gastado un centavo —me aseguró. Me apartó un mechón de pelo de la cara, dejándome en la piel un leve cosquilleo con su contacto.
Aspiré profundamente y me volví hacia Alice.
—Dámelo —suspiré.
Emmett rió entre dientes con placer.
Tomé el pequeño paquete, dirigiendo los ojos a Edward mientras deslizaba el dedo bajo el filo del papel y tiraba de la tapa.
—¡Maldita sea! —murmuré, cuando el papel me cortó el dedo. Lo alcé para examinar el daño. Sólo salía una gota de sangre del pequeño corte.
Entonces, todo pasó muy rápido.
—¡No! —rugió Edward.
Se arrojó sobre mí, lanzándome contra la mesa. Las dos nos caímos, tirando al suelo el pastel y los regalos, las flores y los platos. Aterricé en un montón de cristales hechos añicos.
Jasper chocó contra Edward y el sonido pareció el golpear de dos rocas.
También hubo otro ruido, un gruñido animal que parecía proceder de la profundidad del pecho de Jasper. Éste intentó empujar a Edward a un lado y sus dientes chasquearon a pocos centímetros de su rostro.
Al segundo siguiente, Emmett agarraba a Jasper desde detrás, sujetándolo con su abrazo de hierro, pero Jasper se debatía desesperadamente, con sus ojos salvajes, de expresión vacía fijos exclusivamente en mí.
No sólo estaba en estado de shock, sino que también sentía pena. Caí al suelo cerca del piano, con los brazos extendidos de forma instintiva para parar mi caída entre los trozos irregulares de cristal. Justo en aquel momento sentí un dolor agudo y punzante que me subió desde la muñeca hasta el pliegue del codo.
Aturdida y desorientada, miré la brillante sangre roja que salía de mi brazo y después a los ojos enfebrecidos de seis vampiros repentinamente hambrientos.

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octubre 3, 2009 at 10:49 pm (Amanecer.) (, , , , , , , , , , , , , , )

 

 

4. Amanecer 


Había tenido más que mi cuota correspondiente de experiencias cercanas a la muerte. No era algo a lo que realmente te acostumbras. Parecía curiosamente inevitable, sin embargo, enfrentar la muerte otra vez. Como si realmente estuviera marcada para el desastre. Había escapado repetidas veces, pero esta seguía volviendo a mí. No obstante, esta vez era tan diferente a las demás. Puedes correr de alguien que temes, puedes tratar de luchar contra alguien que odias. Todas mis reacciones habían sido dirigidas hacia aquel tipo de asesinos – los monstruos, los enemigos. Siendo la persona que estuviese matándote, alguien quien amaras, no tendrías opción que seguir. ¿Cómo podrías correr, cómo podrías luchar, cuando al hacerlo lastimarías a tu amado? Si tu vida fuera todo lo que tuvieras que darle a tu amado, ¿cómo podrías negársela?¿Si fuera alguien a quien realmente amaras?

 

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octubre 3, 2009 at 10:48 pm (Eclipse.) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , )

 

 

3. Eclipse


Mientras Seatle es arrasada por una extraña oleada de asesinatos, y una maliciosa vampiresa continúa su búsqueda de venganza, Bella se encuentra otra vez rodeada de peligro. En medio de todo, se ve obligada a decidir entre su amor por Edward o su amistad con Jacob… sabiendo que su decisión tiene el potencial para avivar la centenaria lucha entre vampiros y hombres lobo. Con su graduación aproximándose rápidamente, tiene otra decisión más que tomar: Vida o Muerte
Pero, ¿cual es cual? 

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octubre 3, 2009 at 10:46 pm (Luna nueva.) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , )

 

 

2. Luna Nueva


“Cuando el papel me cortó el dedo, solo salió una gota de sangre del pequeño corte. Entonces, todo pasó muy rápido. “¡No!”, rugió Edward… Aturdida y desorientada, miré la brillante sangre roja que salía de mi brazo y después a los ojos enfebrecidos de seis vampiros repentinamente hambrientos…”Para Bella Swan, hay una cosa más importante que su propia vida: Edward Cullen. Pero enamorarse de un vampiro es más peligroso de lo que Bella nunca podría haber imaginado. Edward ya ha rescatado a Bella de las garras de un diabólico vampiro, pero ahora, a medida que su arriesgada relación amenaza todo lo que es cercano y querido para ellos, se dan cuenta de que sus problemas puede que sólo estén empezando… 

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octubre 3, 2009 at 10:43 pm (Crepúsculo.) (, , , , , , )

 

 

 

1. Crepúsculo 

 

Primer trabajo de esta escritora que nos presenta una novela romántica e intrigante a partes iguales. Esta historia de amor, que podemos definir como literatura fantástica, nos trasporta a una pequeña localidad del estado de Washington a donde una joven acaba de trasladarse. Lo que en un principio se muestra como un pueblo más, entraña un misterioso secreto que hará que su vida dé un giro radical y excitante al mismo tiempo que aterrador, el joven y seductor Edward es un vampiro pero ella se siente irremediablemente enamorada de él.

 

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Crepúsculo

octubre 2, 2009 at 1:25 pm (Crepúsculo.) (, , , , , , , , , )

Aquí teneís el primer capítulo de Crepúsculo

 

Primer encuentro

MI MADRE ME LLEVÓ AL AEROPUERTO CON LAS VENTANILLAS DEL COCHE BAJADAS. En Phoenix, la temperatura era de veinticuatro grados y el cielo de un azul perfecto y despejado. Me había puesto mi blusa favorita, sin mangas y con cierres a presión blancos; la llevaba como gesto de despedida. Mi equipaje de mano era un anorak.

En la península de Olympic, al noroeste del Estado de Washington, existe un pueblecito llamado Forks cuyo cielo casi siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad llueve más que en cualquier otro lugar de los Estados Unidos. Mi madre se escapó conmigo de aquel lugar y de sus tenebrosas y sempiternas sombras cuando yo apenas tenía unos meses. Me había visto obligada a pasar allí un mes cada verano hasta que por fin me impuse al cumplir los catorce años, por lo que, en vez de eso, los tres últimos años, Charlie, mi padre, había pasado sus dos semanas de vacaciones conmigo en California.

Y ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que detestaba el lugar.

Adoraba Phoenix. Me encantaba el Sol, el calor abrasador, y la vitalidad de una ciudad que se extendía en todas las direcciones.

—Bella —me dijo mamá por enésima vez antes de subir al avión—, no tienes por qué hacerlo.

Mi madre y yo nos parecemos mucho, salvo por el pelo corto y las arrugas de la risa. Tuve un ataque de pánico cuando contemplé sus ojos grandes e ingenuos. ¿Cómo podía permitir que se las arreglara sola, ella que era tan cariñosa, caprichosa y atolondrada? Ahora tenía a Phil, por supuesto, por lo que probablemente se pagarían las facturas, habría comida en el frigorífico y gasolina en el depósito del coche, y podría apelar a él cuando se encontrara perdida, pero aun así…

—Es que quiero ir —le mentí. Siempre se me ha dado muy mal eso de mentir, pero había dicho esa mentira con tanta frecuencia en los últimos meses que ahora casi sonaba convincente.

—Saluda a Charlie de mi parte —dijo con resignación.

—Sí, lo haré.

—Te veré pronto —insistió—. Puedes regresar a casa cuando quieras. Volveré tan pronto como me necesites.

Pero en sus ojos vi el sacrificio que le suponía esa promesa.

—No te preocupes por mí —le pedí—. Todo irá estupendamente. Te quiero, mamá.

Me abrazó con fuerza durante un minuto; luego, subí al avión y ella se marchó.

Para llegar a Forks tenía por delante un vuelo de cuatro horas de Phoenix a Seattle, y de allí a Port Angeles, una hora más en una avioneta, y otra más en coche. No me desagrada volar, pero me preocupaba un poco pasar una hora en el coche con Charlie.

Lo cierto es que Charlie había llevado bastante bien todo aquello. Parecía realmente complacido de que por primera vez fuera a vivir con él de forma más o menos permanente. Ya me había matriculado en el instituto y me iba a ayudar a comprar un coche.

Pero estaba convencida de que iba a sentirme incómoda en su compañía. Ninguno de los dos éramos muy habladores que se diga, y, de todos modos, tampoco tenía nada que decirle. Sabía que mi decisión lo hacía sentirse un poco confuso, ya que, al igual que mi madre, yo nunca había ocultado mi aversión hacia Forks.

Estaba lloviendo cuando el avión aterrizó en Port Angeles. No lo consideré un presagio, simplemente era inevitable. Ya me había despedido del Sol.

Charlie me esperaba en el coche patrulla, lo cual no me extrañó. Para las buenas gentes de Forks, Charlie es el jefe de Policía Swan. La principal razón de querer comprarme un coche, a pesar de lo escaso de mis ahorros, era que me negaba en redondo a que me llevara por todo el pueblo en un coche con luces rojas y azules en el techo. No hay nada que ralentice más la velocidad del tráfico que un poli.

Charlie me abrazó torpemente con un solo brazo cuando bajaba a trompicones la escalerilla del avión.

—Me alegro de verte, Bella —dijo con una sonrisa al mismo tiempo que me cogía y sostenía—. Apenas has cambiado. ¿Cómo está Renée?

—Mamá está bien. Yo también me alegro de verte, papá. —No le podía llamar Charlie a la cara.

Solo traía unas pocas maletas. La mayoría de mi ropa de Arizona era demasiado ligera para llevarla en Washington. Mi madre y yo habíamos hecho un fondo común con nuestros recursos para complementar mi vestuario de invierno, pero, a pesar de todo, era escaso. Todas cupieron fácilmente en el maletero del coche patrulla.

—He localizado un coche perfecto para ti, y muy barato —anunció una vez que nos abrochamos los cinturones de seguridad.

—¿Qué tipo de coche?

Desconfié de la manera en que había dicho «un coche perfecto para ti» en lugar de simplemente «un coche perfecto».

—Bueno, es un monovolumen, un Chevy para ser exactos.

—¿Dónde lo encontraste?

—¿Te acuerdas de Billy Black, el que vivía en La Push?

La Push es una pequeña reserva india situada en la costa.

—No.

—Solía venir de pesca con nosotros durante el verano —me recordó.

Por eso no me acordaba de él. Se me da bien olvidar los recuerdos dolorosos e innecesarios.

—Ahora está en una silla de ruedas —continuó Charlie cuando no respondí—, por lo que no puede conducir y me propuso venderme su camión por una ganga.

—¿De qué año es?

Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta que no deseaba oír.

—Bueno, Billy ha realizado muchos arreglos en el motor. En realidad, tampoco tiene tantos años.

Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para creer que iba a dejar pasar el tema así como así.

—¿Cuándo lo compró?

—En 1984… Creo.

—¿Era nuevo cuando lo adquirió?

—En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los sesenta, o a lo mejor a finales de los cincuenta —confesó con timidez.

—Crist… Papá, no sé nada de coches. No podría arreglarlo si se estropeara y no me puedo permitir pagar un taller.

—Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas. Hoy en día no los fabrican tan buenos.

El trasto, repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades como apodo.

—¿Y qué entiendes por barato?

Después de todo, ése era el punto en el que no podía ceder.

—Bueno, cariño, ya te lo he comprado como regalo de bienvenida.

Charlie me miró de reojo con rostro expectante.

Vaya. Gratis.

—No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche.

—No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.

Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba. Se sentía incómodo al expresar sus emociones en voz alta. Yo lo había heredado de él, de ahí que también yo mirara hacia la carretera cuando le respondí:

—Es estupendo, papá. Gracias. Te lo agradezco de veras.

Resultaba innecesario añadir que era imposible estar a gusto en Forks, pero él no tenía por qué sufrir conmigo. Y a caballo regalado no le mires el diente, ni el motor.

—Bueno, de nada. Eres bienvenida —masculló, avergonzado por mis palabras de agradecimiento.

Intercambiamos unos pocos comentarios más sobre el tiempo, que era húmedo, y básicamente ésa fue toda la conversación. Miramos a través de las ventanas en silencio.

El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo era de color verde: los árboles, los troncos cubiertos de musgo, el dosel de ramas que colgaban de los mismos, el suelo cubierto de helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas tenía un matiz de verdor.

Era demasiado verde, un planeta alienígena.

Finalmente llegamos al hogar de Charlie. Vivía en una casa pequeña de dos dormitorios que compró con mi madre durante los primeros días de su matrimonio. Ésos fueron los únicos días de su matrimonio, los primeros. Allí, aparcado en la calle delante de una casa que nunca cambiaba, estaba mi nuevo monovolumen, bueno, nuevo para mí. El vehículo era de un rojo desvaído, con guardabarros, grandes y redondos, y una cabina de aspecto bulboso. Para mi enorme sorpresa, me encantó. No sabía si funcionaría, pero podía imaginarme al volante. Además, era uno de esos modelos de hierro sólido que jamás sufren daños, la clase de coches que ves en un accidente de tráfico con la pintura intacta y rodeado de los trozos del coche extranjero que acaba de destrozar.

—¡Caramba, papá! ¡Me encanta! ¡Gracias!

Ahora, mañana sería un día bastante menos terrorífico. No me vería en la tesitura de elegir entre andar tres kilómetros bajo la lluvia hasta el instituto o dejar que el jefe de Policía me llevara en el coche patrulla.

—Me alegra que te guste —dijo Charlie con voz áspera, nuevamente avergonzado.

Subir todas mis cosas hasta el primer piso requirió un solo viaje escaleras arriba. Tenía el dormitorio de la cara oeste, el que daba al patio delantero. Conocía bien la habitación; había sido la mía desde que nací. El suelo de madera, las paredes pintadas de azul claro, el techo de cielo raso a dos aguas, las cortinas de encaje ya amarillentas flanqueando las ventanas… Todo aquello formaba parte de mi infancia. Los únicos cambios que había introducido Charlie se limitaban a sustituir la cuna por una cama y añadir un escritorio cuando crecí. Encima de éste había ahora un ordenador de segunda mano con el cable del módem fijado al suelo con grapas hasta la toma de teléfono más próxima. Mi madre lo había estipulado de ese modo para que estuviéramos en contacto con facilidad. La mecedora que tenía desde niña aún seguía en el rincón.

Sólo había un pequeño cuarto de baño en lo alto de las escaleras que debería de compartir con Charlie. Intenté no darle muchas vueltas al asunto.

Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que no se queda revoloteando a tu alrededor. Me dejó sola para que desempacara mis cosas y me instalara, una hazaña que hubiera sido del todo imposible para mi madre. Resultaba estupendo estar sola, no tener que sonreír ni poner buena cara; fue un respiro que me permitió contemplar a través del cristal la cortina de lluvia con desaliento y derramar unas pocas lágrimas. No estaba de humor para una gran llantina. Eso podía esperar hasta que me acostara, para reflexionar sobre lo que me aguardaba al día siguiente.

El aterrador cómputo de estudiantes del instituto de Forks era de tan sólo trescientos cincuenta y siete, ahora trescientos cincuenta y ocho. Solamente en mi clase de tercer año en Phoenix había más de setecientos alumnos. Todos los jóvenes de por aquí se habían criado juntos y sus abuelos habían aprendido a andar juntos. Yo sería la chica nueva de la gran ciudad, una curiosidad, un bicho raro.

Tal vez podría utilizar eso a mi favor si tuviera el aspecto que se espera de una chica de Phoenix, pero físicamente no encajaba en modo alguno. Debería ser alta, rubia, de tez bronceada, una jugadora de voleibol o quizá una animadora, todas esas cosas propias de quienes viven en el valle del Sol.

Por el contrario, mi piel era blanca como el marfil a pesar de las muchas horas de sol de Arizona, sin tener siquiera la excusa de unos ojos azules o un pelo rojo. Siempre he sido delgada, pero más bien flojucha y, desde luego, no una atleta. Me faltaba la coordinación suficiente para practicar deportes sin hacer el ridículo o dañar a alguien, a mí misma o a cualquiera que estuviera demasiado cerca.

Después de colocar mi ropa en el viejo tocador de madera de pino, me llevé el neceser al cuarto de baño para asearme tras un día de viaje. Contemplé mi rostro en el espejo mientras me cepillaba el pelo enredado y húmedo. Tal vez se debiera a la luz, pero ya tenía un aspecto más cetrino y menos saludable. Puede que tenga una piel bonita, pero es muy clara, casi traslúcida, por lo que su aspecto depende del color del lugar y en Forks no había color alguno.

Mientras me enfrentaba a mi pálido reflejo en el espejo, tuve que admitir que me engañaba a mí misma. Jamás encajaría, y no sólo por mis carencias físicas. Si no me había hecho un huequecito en una escuela de tres mil alumnos, ¿qué posibilidades iba a tener aquí?

No sintonizaba bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto es que no sintonizaba bien con la gente. Punto. Ni siquiera mi madre, la persona con quien mantenía mayor proximidad, estaba en armonía conmigo; no íbamos por el mismo carril. A veces me preguntaba si veía las cosas igual que el resto del mundo. Tal vez la cabeza no me funcionara como es debido.

Pero la causa no importaba, sólo contaba el efecto. Y mañana no sería más que el comienzo.

Aquella noche no dormí bien, ni siquiera cuando dejé de llorar. El siseo constante de la lluvia y el viento sobre el techo no aminoraba jamás, hasta convertirse en un ruido de fondo. Me tapé la cabeza con la vieja y descolorida colcha y luego añadí la almohada, pero no conseguí conciliar el sueño antes de medianoche, cuando al fin la lluvia se convirtió en un fino sirimiri.

A la mañana siguiente, lo único que veía a través de la ventana era una densa niebla y sentí que la claustrofobia se apoderaba de mí. Aquí nunca se podía ver el cielo, parecía una jaula.

El desayuno con Charlie se desarrolló en silencio. Me deseó suerte en la escuela y le di las gracias, aun sabiendo que sus esperanzas eran vanas. La buena suerte solía esquivarme. Charlie se marchó primero, directo a la comisaría, que era su esposa y su familia. Examiné la cocina después de que se fuera, todavía sentada en una de las tres sillas, ninguna de ellas a juego, junto a la vieja mesa cuadrada de roble. La cocina era pequeña, con paneles oscuros en las paredes, armarios de amarillo chillón y un suelo de linóleo blanco. Nada había cambiado. Hace dieciocho años, mi madre había pintado los armarios con la esperanza de introducir un poco de luz solar en la casa. Había una hilera de fotos encima del pequeño hogar del cuarto de estar, colindante con la cocina y del tamaño de una caja de zapatos. La primera era de la boda de Charlie con mi madre en Las Vegas, y luego la que nos tomó a los tres una amable enfermera del hospital donde nací, seguida por una sucesión de mis fotografías escolares hasta el año pasado. Verlas me resultaba muy embarazoso. Tenía que convencer a Charlie de que las pusiera en otro sitio, al menos mientras yo viviera aquí.

Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta de que Charlie no se había repuesto de la marcha de mi madre. Eso me hizo sentirme incómoda.

No quería llegar demasiado pronto al instituto, pero no podía permanecer en la casa más tiempo, por lo que me puse el anorak, tan grueso que recordaba a uno de esos trajes empleados en caso de peligro biológico, y me encaminé hacia la llovizna.

Aún chispeaba, pero no lo bastante para que me calara mientras buscaba la llave de la casa, que siempre estaba escondida debajo del alero que había junto a la puerta, y cerrara. El crujido de mis botas de agua nuevas resultaba enervante. Añoraba el crujido habitual de la grava al andar. No pude detenerme a admirar de nuevo el vehículo, como deseaba, y me apresuré a escapar de la húmeda neblina que se arremolinaba sobre mi cabeza y se aferraba al pelo por debajo de la capucha.

Dentro del monovolumen estaba cómoda y a cubierto. Era obvio que Charlie o Billy debían de haberlo limpiado, pero la tapicería marrón de los asientos aún olía tenuemente a tabaco, gasolina y menta. El coche arrancó a la primera, con gran alivio por mi parte, aunque en medio de un gran estruendo y luego hizo mucho ruido mientras avanzaba al ralentí. Bueno, un monovolumen tan antiguo debía de tener algún defecto. La anticuada radio funcionaba, un añadido que no me esperaba.

No resultó difícil localizar el instituto pese a no haber estado antes. El edificio se hallaba, como casi todo lo demás en el pueblo, junto a la carretera. No resultaba obvio que fuera una escuela, sólo me detuve gracias el cartel que indicaba que se trataba del instituto de Forks. Se parecía a un conjunto de esas casas de intercambio en época de vacaciones construidas con ladrillos de color granate. Había tantos árboles y arbustos que a primera vista no podía verlo en su totalidad. ¿Dónde estaba el ambiente de un instituto?, me pregunté con nostalgia. ¿Dónde estaban las alambradas y los detectores de metales?

Aparqué frente al primer edificio, encima de cuya entrada había un cartelito que rezaba «Oficina principal». No vi otros coches aparcados allí, por lo que estuve segura de que estaba en zona prohibida, pero decidí que iba a pedir indicaciones en lugar de dar vueltas bajo la lluvia como una tonta. De mala gana salí de la cabina calentita del monovolumen y recorrí un sendero de piedra flaqueado por setos oscuros. Respiré hondo antes de abrir la puerta.

En el interior había más luz y se estaba más caliente de lo que esperaba. La oficina era pequeña: una salita de espera con sillas plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden ni concierto en las paredes y un gran reloj que hacía tictac de forma ostensible. Las plantas crecían por doquier en sus macetas de plástico, por si no hubiera suficiente vegetación fuera.

Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas metálicas llenas de papeles sobre la encimera y anuncios de colores chillones pegados en el frontal. Detrás del mostrador había tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas se sentaba en uno de ellos. Vestía una camiseta de color púrpura que, de inmediato, me produjo la sensación de ir vestida con ropa demasiado elegante.

La mujer pelirroja alzó la vista.

—¿Te puedo ayudar en algo?

—Soy Isabella Swan —le informé, y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban. Sin duda, había sido el centro de los cotilleos. La hija de la caprichosa ex mujer del jefe de Policía al fin regresaba a casa.

—Por supuesto —dijo.

Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba.

—Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.

Trajo varias cuartillas al mostrador para mostrármelas. Repasó todas mis clases y marcó el camino más idóneo para cada una en el plano; luego, me entregó el comprobante de asistencia para que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al finalizar las clases. Me dedicó una sonrisa y, al igual que Charlie, me dijo que esperaba que me gustara Forks. Le devolví la sonrisa más convincente posible.

Los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando regresé al monovolumen. Los seguí, me uní a la cola de coches y conduje hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio comprobar que casi todos los vehículos tenían aún más años que el mío, ninguno era ostentoso. En Phoenix, vivía en uno de los pocos barrios pobres del distrito Paradise Valley. Era habitual ver un Mercedes nuevo o Porche en el aparcamiento de los estudiantes. El mejor coche de los que allí había era un flamante Volvo, y destacaba. Aún así, apagué el motor en cuanto aparqué en una plaza libre para que el estruendo no atrajera la atención de los demás sobre mí.

Examiné el plano en el monovolumen, intentando memorizarlo con la esperanza de no tener que andar consultándolo todo el día. Lo guardé todo en la mochila, me la eché al hombro y respiré hondo. Puedo hacerlo, me mentí sin mucha convicción. Nadie me va a morder. Al final, suspiré y salí del coche.

Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la acera abarrotada de jóvenes. Observé con alivio que mi sencilla chaqueta negra no llamaba la atención.

Pasé una vez al lado de la cafetería. El edificio número tres resultaba fácil de localizar, ya que había un gran «3» pintado en negro sobre un fondo blanco con forma de cuadrado en la esquina del lado este. Noté que mi respiración se acercaba a hiperventilación al aproximarme la puerta. Para paliarla, contuve la respiración y entré detrás de dos personas que llevaban impermeables de estilo unisex.

El aula era pequeña. Los alumnos que me adelantaban se detenían en la entrada para colgar sus abrigos en unas perchas; había varias. Los imité. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez clara como porcelana y otra chica, también pálida, de pelo castaño claro. Al menos, mi piel no sería nada excepcional aquí.

Entregué el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo al que la placa que descansaba sobre su escritorio lo identificaba como Sr. Mason. Se quedó mirándome embobado al leer mi nombre, pero no me dedicó ninguna palabra de aliento, y yo, por supuesto, me puse colorada como un tomate. Pero al menos me envió a un pupitre vacío al fondo de la clase sin presentarme al resto de los compañeros. A éstos les resultaba difícil mirarme al estar sentada en la última fila, pero se las arreglaron para conseguirlo. Mantuve la vista clavada en la lista de lecturas que me había entregado el profesor. Era bastante básica: Brontë, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había leído a todos, lo cual era cómodo… y aburrido. Me pregunté si mi madre me enviaría la carpeta con los antiguos trabajos de clase o si creería que la estaba engañando. Recreé nuestra discusión mientras el profesor continuaba con su perorata.

Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho, con acné y pelo grasiento, se ladeó desde un pupitre al otro lado del pasillo para hablar conmigo.

—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?

Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de ajedrez.

—Bella —le corregí. En un radio de tres sillas, todos se volvieron para mirarme.

—¿Dónde tienes la siguiente clase? —preguntó.

Tuve que comprobarlo con el programa que tenía en la mochila.

—Eh, Historia, con Jefferson, en el edificio seis.

Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.

—Voy al edificio cuatro, podría mostrarte el camino. —Demasiado amable, sin duda—. Me llamo Eric —añadió.

Sonreí con timidez.

—Gracias.

Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia, que caía con más fuerza. Hubiera jurado que varias personas nos seguían lo bastante cerca para escuchar a hurtadillas. Esperaba no estar volviéndome paranoica.

—Bueno, es muy distinto de Phoenix, ¿eh? —preguntó.

—Mucho.

—Allí no llueve mucho, ¿verdad?

—Tres o cuatro veces al año.

—Vaya, no me lo puedo ni imaginar.

—Hace mucho sol —le expliqué.

—No se te ve muy bronceada.

—Es la sangre albina de mi madre.

Me miró con aprehensión. Suspiré. No parecía que las nubes y el sentido del humor encajaran demasiado bien. Después de estar varios meses aquí, habría olvidado cómo emplear el sarcasmo.

Pasamos junto a la cafetería de camino hacia los edificios de la zona sur, cerca del gimnasio. Eric me acompañó hasta la puerta, aunque la podía identificar perfectamente.

—En fin, suerte —dijo cuando rocé la manivela—. Tal vez coincidamos en alguna otra clase.

Pareció esperanzado. Le dediqué una sonrisa que no comprometía a nada y entré.

El resto de la mañana transcurrió de forma similar. Mi profesor de Trigonometría, el señor Varner, a quien habría odiado de todos modos por la asignatura que enseñaba, fue el único que me obligó a permanecer delante de toda la clase para presentarme a mis compañeros. Balbuceé, me sonrojé y tropecé con mis propias botas al volver a mi pupitre.

Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras en cada asignatura. Siempre había alguien con más coraje que los demás que se presentaba y me preguntaba si me gustaba Forks. Procuré actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho. Al menos, no necesité el plano.

Una chica se sentó a mi lado tanto en clase de Trigonometría como de Español, y me acompañó a la cafetería para almorzar. Era muy pequeña, varios centímetros por debajo de mi uno sesenta, pero casi alcanzaba mi estatura gracias a su oscura melena de rizos alborotados. No me acordaba de su nombre, por lo que me limité a sonreír mientras parloteaba sobre los profesores y las clases. No intenté comprenderlo todo.

Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de sus amigas, a quienes me presentó. Se me olvidaron los nombres de todas en cuanto los pronunció. Parecían orgullosas por tener el coraje de hablar conmigo. El chico de la clase de Lengua y Literatura, Eric, me saludó desde el otro lado de la sala.

Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar conversación con siete desconocidas llenas de curiosidad, cuando los vi por primera vez.

Se sentaban en un rincón de la cafetería, en la otra punta de donde me encontraba. Eran cinco. No conversaban ni comían pese a que todos tenían delante una bandeja de comida. No me miraban de forma estúpida como casi todos los demás, por lo que no había peligro en que los estudiara sin temor a encontrarme con un par de ojos excesivamente interesados. Pero no fue eso lo que atrajo mi atención.

No se parecían lo más mínimo a ningún otro chico. De los tres, uno era fuerte, tan musculoso que parecía un verdadero levantador de pesas, y de pelo oscuro y rizado. Otro, más alto y delgado, era igualmente musculoso y tenía el pelo del color de la miel. El último era desgarbado, menos corpulento, y llevaba despeinado el pelo castaño dorado. Tenía un aspecto más juvenil que los otros dos, que podrían estar en la universidad o incluso ser profesores aquí en vez de estudiantes.

Las chicas eran dos polos opuestos. La más alta era escultural. Tenía una figura preciosa, del tipo que se ve en la portada del número dedicado a trajes de baño de la revista Sports Illustrated, y todas las chicas de alrededor perdían buena parte de su autoestima sólo por estar cerca. Tenía el pelo rubio, que le caía en cascada hasta la mitad de la espalda. La chica baja tenía aspecto de duendecillo de facciones finas, un fideo. Su pelo corto era rebelde, con cada punto señalando en una dirección, y de un negro intenso.

Aun así, todos se parecían muchísimo. Eran blancos como la cal, los estudiantes más pálidos de cuantos vivían en aquel pueblo sin Sol. Más pálida que yo, que soy albina. Todos tenían ojos muy oscuros, a pesar de la diferente gama de colores de los cabellos, y ojeras malvas, similar al morado de las moladuras. Era como si todos padecieran de insomnio o se estuvieran recuperando de una rotura de nariz, aunque sus narices, al igual que el resto de sus facciones, eran rectas, perfectas, simétricas.

Pero todo aquello no era el motivo por el que no conseguía apartar la mirada.

Continué mirándolos porque sus rostros, tan diferentes y tan similares al mismo tiempo, eran de una belleza inhumana y devastadora. Eran rostros como nunca esperas ver, excepto tal vez en las páginas retocadas de una revista de moda. O pintadas por un artista antiguo como el rostro de un ángel. Resulta difícil decidir quién era más bello, tal vez la chica rubia perfecta o el joven de pelo castaño dorado.

Los cinco desviaban la mirada, unos de otros, del resto de los estudiantes, de cualquier cosa hasta donde pude colegir. La chica más pequeña se levantó con la bandeja —el refresco sin abrir, la manzana sin morder— mientras los miraba y se alejó con un trote grácil, veloz, propio de un corcel desbocado. Asombrada por sus pasos de ágil bailarina, la contemplé vaciar su bandeja y deslizarse por la puerta trasera a una velocidad superior a la que habría considerado posible. Miré rápidamente a los otros, que permanecían sentados, inmóviles.

—¿Quiénes son ésos? —pregunté a la chica de la clase de Español, cuyo nombre se me había olvidado.

Y de repente, mientras ella alzaba los ojos para ver a quiénes me refería, aunque probablemente ya lo supiera por la entonación de mi voz, el más delgado y de aspecto más juvenil, tal vez el más joven, me miró. Durante una fracción de segundo se fijó en mi vecina, entonces sus ojos oscuros se posaron sobre los míos.

Desvió la mirada rápidamente, aún más deprisa que yo, ruborizada de vergüenza. Su rostro no denotaba interés alguno en esa mirada furtiva, era como si, pese a haber decidido no reaccionar previamente, hubiera levantado los ojos en una involuntaria respuesta cuando mi compañera de mesa pronunció su nombre.

Avergonzada, la chica que estaba a mi lado se rió tontamente y fijó la vista en la mesa, igual que yo.

—Son Edward y Emmett Cullen, y Rosalie y Jasper Hale. La que se acaba de marchar se llama Alice Cullen; todos viven con el doctor Cullen y su esposa —me respondió con un hilo de voz.

Miré de soslayo al chico guapo, que ahora miraba su bandeja mientras desmigajaba una rosquilla con sus largos y níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin abrir apenas sus labios perfectos. Los otros tres continuaron con la mirada perdida, y, aun así, creí que hablaba en voz baja con ellos.

¡Qué nombres tan raros y pasados de moda!, pensé. Era la clase de nombres que tenían nuestros abuelos, pero tal vez estuvieran de moda aquí, tal vez fueran los nombres propios de un pueblo pequeño. Entonces recordé que mi vecina se llamaba Jessica, un nombre perfectamente normal. Había dos chicas con ese nombre en mi clase de historia en Phoenix.

—Son… guapos.

Me costó encontrar un término mesurado.

—¡Ya te digo! —Jessica asintió mientras soltaba otra risita tonta—. Pero están juntos. Me refiero a Emmet y Rosalie, y Jasper y Alice, y viven juntos.

Su voz resonó con toda la conmoción y reprobación de un pueblo pequeño, pero, para ser sincera, he de confesar que aquello daría pie a grandes cotilleos incluso en Phoenix.

—¿Quiénes son los Cullen? —pregunté—. No parecen parientes…

—Claro que no. El doctor Cullen es muy joven, tendrá entre veinte y muchos y treinta y pocos. Todos son adoptados. Los Hale, los rubios, son hermanos gemelos, y los Cullen son su familia de acogida.

—Parecen un poco mayores para estar con una familia de acogida.

—Ahora sí, Jasper y Rosalie tienen dieciocho años, pero han vivido con la señora Cullen desde los ocho. Es su tía o algo parecido.

—Es muy generoso por parte de los Cullen cuidar de todos esos niños siendo tan jóvenes.

—Supongo que sí. —Admitió Jessica muy a su pesar. Me dio la impresión de que, por algún motivo, el médico y su mujer no le caían bien. Por las miradas que lanzaba en dirección a sus hijos adoptivos, supuse que eran celos, luego, como si con eso disminuyera la bondad del matrimonio, agregó—: Aunque tengo entendido que la señora Cullen no puede tener hijos.

Mientras manteníamos esta conversación, dirigía miradas furtivas una y otra vez hacia donde se sentaba aquella extraña familia. Continuaron mirando las paredes y no probaron bocado.

—¿Siempre han vivido en Forks? —pregunté. De ser así, seguro que los habría visto en alguna de mis visitas durante las vacaciones de verano.

—No —dijo en una voz que dio a entender que debía de ser obvio, incluso para una recién llegada como yo—. Se mudaron aquí hace dos años, vinieron desde algún lugar de Alaska.

Experimenté una punzada de compasión y alivio. Compasión porque, a pesar de su belleza, eran extranjeros y resulta evidente que no se les admitía. Alivio por no ser la única recién llegada y, desde luego, no la más interesante.

Uno de los Cullen, el más joven, levantó la vista mientras los estudiaba y nuestros ojos se encontraron, en esta ocasión con una manifiesta curiosidad. Cuando desvié la mirada, me pareció que en sus ojos brillaba una expectación insatisfecha.

—¿Quién es el chico de pelo cobrizo? —pregunté.

Lo miré de refilón. Seguía observándome, pero no con la boca abierta, a diferencia del resto de estudiantes. Su rostro reflejó una ligera contrariedad. Volví a desviar la vista.

—Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas el tiempo con él. No sale con nadie. Parece que ninguna de las chicas del instituto le parecen lo bastante guapas —dijo con desdén, en una muestra clara de despecho. Me pregunté cuándo la habría rechazado.

Me mordí el labio para ocultar una sonrisa. Entonces lo miré de nuevo. Había vuelto el rostro, pero me pareció ver estirada la piel de sus mejillas, como si también estuviera sonriendo.

Los cuatro abandonaron la mesa al mismo tiempo, escasos minutos después. Todos se movían con mucha elegancia, incluso el forzudo. Me desconcertó verlos. Él que respondía al nombre de Edward no me miró de nuevo.

Permanecí en la mesa con Jessica y sus amigas más tiempo del que me hubiera quedado de haber estado sola. No quería llegar tarde a mis clases el primer día. Una de mis nuevas amigas, que tuvo la consideración de recordarme que se llamaba Angela, tenía, como yo, clase de segundo de Biología a la hora siguiente. Nos dirigimos juntas al aula en silencio. También era tímida.

Nada más entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte superior de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya compartía la mesa con otro estudiante. De hecho, todas las mesas estaban ocupadas, salvo una. Reconocí a Edward Cullen, sentado cerca del pasillo central, junto a la única silla vacante, por lo poco común de su cabello.

Lo miré de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para presentarme al profesor y que éste me firmara el comprobante de asistencia. Entonces, justo cuando yo pasaba, se puso rígido en la silla. Volvió a mirarme fijamente y nuestras miradas se encontraron. La expresión de su rostro era de lo más extraño, hostil, airada. Pasmada, aparté la vista y me sonrojé otra vez. Tropecé con un libro que había en el suelo y me tuve que aferrar al borde de una mesa. La chica que se sentaba en la misma soltó una risita.

Me había dado cuenta de que tenía unos ojos negros, negros como carbón.

El señor Banner me firmó el comprobante y me entregó un libro, ahorrándose toda esa tontería de la presentación. Supe que íbamos a caernos bien. Por supuesto, no le quedaba otro remedio que mandarme a la única silla vacante en el centro del aula. Mantuve la mirada fija en el suelo mientras iba a sentarme junto a él, ya que la hostilidad de su mirada aún me tenía aturdida.

No alcé la vista cuando deposité el libro sobre la mesa y me senté, pero lo vi cambiar de postura al mirar de reojo. Se inclinó en la dirección opuesta, sentándose al borde de la silla. Apartó el rostro como si algo apestara. Olí mi pelo con disimulo. Olía a fresas, el aroma de mi champú favorito. Me pareció un olor bastante inocente. Dejé caer mi pelo sobre el hombro derecho para crear una pantalla oscura entre nosotros e intenté prestar atención al profesor.

Por desgracia, la clase versó sobre la anatomía celular, un tema que ya había estudiado. De todos modos, tomé apuntes con cuidado, sin apartar la vista del cuaderno.

No me podía controlar y de vez en cuando echaba un vistazo a través del pelo al extraño chico que tenía al lado. Éste no relajó aquella postura envarada —sentado al borde de la silla, lo más lejos posible de mí— durante toda la clase. La mano izquierda, crispada en un puño, descansaba sobre el muslo. Se había arremangado la camisa hasta los codos. Debajo de su piel clara podía verle el antebrazo, sorprendentemente duro y musculoso. No era de complexión tan liviana como parecía al lado del más fornido de sus hermanos.

La clase parecía prolongarse mucho más que las otras. ¿Se debía a que las clases estaban a punto de acabar o porque esperaba a que abriera el puño que cerraba con tanta fuerza? No lo abrió. Continuó sentado, tan inmóvil que parecía no respirar. ¿Qué le pasaba? ¿Se comportaba de esa forma habitualmente? Cuestioné mi opinión sobre la acritud de Jessica durante el almuerzo. Quizá no era tan resentida como había pensado.

No podía tener nada que ver conmigo. No me conocía de nada.

Me atreví a mirarle a hurtadillas una vez más y lo lamenté. Me estaba mirando otra vez con esos ojos negros suyos llenos de repugnancia. Mientras me apartaba de él, una frase, «Si las miradas matasen…», cruzó por mi mente.

El timbre sonó en ese momento. Yo di un salto al oírlo y Edward Cullen abandonó su asiento. Se levantó con garbo de espaldas a mí —era mucho más alto de lo que pensaba— y cruzó la puerta del aula antes de que nadie se hubiera levantado de su silla.

Me quedé petrificada en la silla, contemplando con la mirada perdida cómo se iba. Era realmente mezquino. No había derecho. Empecé a recoger los bártulos muy despacio mientras intentaba reprimir la ira que me embargaba, con miedo a que se me llenaran los ojos de lágrimas. Solía llorar cuando me enfadaba, una costumbre humillante.

—Eres Isabella Swan, ¿no? —me preguntó una voz masculina.

Al alzar la vista me encontré con un chico guapo, de rostro aniñado y el pelo rubio en punta cuidadosamente arreglado con gel. Me dirigió una sonrisa amable. Obviamente, no parecía creer que yo oliera mal.

—Bella —le corregí, con una sonrisa.

—Me llamo Mike.

—Hola, Mike.

—¿Necesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?

—Voy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.

—También mi siguiente clase.

Parecía emocionado, aunque no era una gran coincidencia en una escuela tan pequeña.

Anduvimos juntos a clase. Hablaba por los codos e hizo el gasto de casi toda la conversación, lo cual fue un alivio. Había vivido en California hasta los diez años, por eso entendía cómo me sentía ante la ausencia del Sol. Resultó ser la persona más agradable que había conocido aquel día.

Pero cuando íbamos a entrar al gimnasio me preguntó:

—Oye, ¿le clavaste un lápiz a Edward Cullen, o qué? Jamás lo había visto comportarse de ese modo.

Tierra, trágame, pensé. Al menos no era la única persona que lo había notado y, al parecer, aquél no era el comportamiento habitual de Edward Cullen. Decidí hacerme la tonta.

—¿Te refieres al chico que se sentaba a mi lado en Biología? —pregunté sin malicia.

—Sí —respondió—. Tenía cara de dolor o algo parecido.

—No lo sé —le respondí—. No he hablado con él.

—Es un tipo raro. —Mike se demoró a mi lado en lugar de dirigirse al vestuario—. Si hubiera tenido la suerte de sentarme a tu lado, yo sí hubiera hablado contigo.

Le sonreí antes de de cruzar la puerta del vestuario de las chicas. Era amable y estaba claramente interesado, pero eso no bastó para disminuir mi enfado.

El entrenador Clapp, el profesor de Educación física, me consiguió un uniforme, pero no me obligó a vestirlo para la clase de aquel día. En Phoenix, solo teníamos que asistir dos años a Educación física. Aquí era una asignatura obligatoria los cuatro años. Forks era mi infierno personal en la tierra en el más literal de los sentidos.

Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban de forma simultánea. Me dieron náuseas al verlos y recordar los muchos golpes que había provocado, y recibido, cuando jugaba al voleibol.

Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me dirigí lentamente a la oficina para entregar el comprobante con las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era más frío y soplaba con fuerza. Me envolví con los brazos para protegerme.

Estuve a punto de dar media vuelta e irme cuando entré en la cálida oficina.

Edward Cullen se encontraba de pie, en frente del escritorio. Lo reconocí de nuevo por el desgreñado pelo castaño dorado. Al parecer, no me había oído entrar. Me apoyé contra la pared del fondo, a la espera de que la recepcionista pudiera atenderme.

Estaba discutiendo con ella con voz profunda y agradable. Intentaba cambiar la clase de Biología de la sexta hora a otra hora, a cualquier otra.

No me podía creer que eso fuera por mi causa. Debía de ser otra cosa, algo que había sucedido antes de que yo entrara en el laboratorio de Biología. El causante de su aspecto contrariado debía de ser otro lío totalmente diferente. Era imposible que aquel desconocido sintiera una aversión tan intensa y repentina hacia mí.

La puerta se abrió de nuevo y una repentina corriente de viento helado hizo susurrar los papeles que había sobre la mesa y me alborotó los cabellos sobre la cara. La recién llegada se limitó a andar hasta el escritorio, depositó una nota sobre el cesto de papeles y salió, pero Edward Cullen se envaró y se giró —su agraciado rostro parecía ridículo— para traspasarme con sus penetrantes ojos llenos de odio. Durante un instante sentí un estremecimiento de verdadero pánico, hasta se me erizó el vello de los brazos. La mirada no duró más de un segundo, pero me heló la sangre en las venas más que el gélido viento. Se giró hacia la recepcionista y de forma apresurada dijo con voz aterciopelada:

—Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.

Giró sobre sí mismo sin mirarme y desapareció por la puerta.

Me dirigí con timidez hacia el escritorio —por una vez con el rostro lívido en lugar de colorado— y le entregué el comprobante de asistencia con todas las firmas.

—¿Cómo te ha ido el primer día, cielo? —me preguntó de forma maternal.

—Bien —mentí con voz débil.

No pareció muy convencida.

Era casi el último coche que quedaba en el aparcamiento cuando entré en el monovolumen. Me pareció un refugio, el lugar más acogedor de aquel horrendo y húmedo agujero. Permanecí varios minutos sentada mirando por el parabrisas con la mirada ausente, pero pronto tuve tanto frío que necesité encender la calefacción. Arranqué y el motor rugió. Me dirigí de vuelta a la casa de Charlie, y traté de no llorar durante todo el camino.

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junio 3, 2009 at 3:09 pm (Frases) (, , , , , , , , , , , , , , , , , )

 

 

 

-Y así el león se enamoró de la oveja…

-Que oveja tan estúpida

-Que león tan morboso y masoquista

 

 

No tengas miedo, somos como una sola persona.Le susurré

De pronto me abrumó la realidad de mis palabras.

Ese momento era tan perfecto, tan auténtico. No dejaba lugar a dudas.

Me rodeó con sus brazos, me estrechó junto a él y hasta la última de mis terminaciones nerviosas cobró vida propia.

-Para siempre. Concluyó

 

<<CUIDA DE MI CORAZÓN, LO HE DEJADO CONTIGO…>>

 

-No tengas vergüenza, si pudiera soñar…soñaría contigo.

 

-¿Y Si no soy el héroe? ¿Y si soy el chico malo? 

 

Lamento que se haya producido algun tipo de malentendido, pero Bella no esta disponible esta noche.(…)Para serte totalmente sincero ella no va a estar disponible ninguna noche para cualquier otra persona que no sea yo… –Edward Cullen–

 

– Eres exactamente mi marca de heroína…jamás había deseado tanto la sangre de un humano.

 

-Te quiero más que a nada en el mundo. ¿No te basta eso?
-Si, es suficiente. Suficiente para siempre.

 

-De cuaántas formas se puede destrozar a un corazón y esperar de el que continúe latiendo?

 

-El principe no iba a regresar para despertarme de mi letargo mágico con un beso, al fin y al cabo tampoco yo era una princesa

 

-El tiempo pasa incluso aunque parezca imposible, incluso a pesar de que cada movimiento de la manecilla del reloj duela como el latido de la sangre al palpitar detrás de un cardenal

 

-Cuando la vida te ofrece un sueño que supera con creces cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse de su conclusión

 

-Era una forma muy dura de vivir: Prohibiendome recordar y aterrorizada por el olvido

 

 

 

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La autora

mayo 22, 2009 at 9:40 pm (La Autora) (, , , , , , , , , , , , )

Stephenie Meyer nació en Connecticut en 1973. Su familia se trasladó a Phoenix (Arizona) cuando ella tenía cuatro años.
Su particu
lar nombre (Stephenie en vez de Stephanie) viene del nombre de su padre, que se llamaba Stephen y decidió añadirle las letras “ie” para convertirlo en nombre de chica.

Tiene dos hermanos y es la segunda de tres hermanas. Tuvo, de niña, un perro llamado Águila. Fue al instituto de Scottsdale, Arizona. Durante el tiempo que estudió allí, fue galardonada con el premio Nacional al Mérito Escolar, que usó para pagar su ingreso en la universidad Brigham Young, en Utah.
Cuando estaba en el colegio, se le daba muy bien el inglés, pero lo que mejor le iba era la escritura creativa y la literatura, ya que ella nunca consideraba leer como parte de sus deberes, sino como un placer.
Conoció a su marido, Pancho (su verdadero nombre es Christian) a los cuatro años, de niños, y se veían cada semana en la Iglesia, hasta que se hicieron mayores y se enamoraron.
Actualmente llevan once años casados y son padres de tres hijos: Gabe, de ocho años, Seth, de cinco, y Eli, de tres.

Sus escritores favoritos son, entre otros, Orson Scott Card, Jane Austen, William Shakespeare, Maeve Binchy, Charlotte Bronte, Daphne DuMaurier, L.M. Montgomery, Louisa May Alcott, Eva Ibbotson, William Goldman, Douglas Adams y Janet Evanovich.
Stephenie afirma no poder escribir sin escuchar música, y sus fuentes de inspiración son Muse, Linkin Park, My Chemical Romance, Coldplay, The All American Rejects, Travis, The Strokes, Brand New, U2, Kasabian, Jimmy Eat World, y Weezer.

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